La apelación de la realidad que incomoda: Balas y el macizo árbol de evidencias
Un interrogatorio sereno que descoloca a los acusados y a sus defensas

Redacción · Más España


Hay testimonios que, por su claridad y contundencia, tienen el poder de poner las cosas en su sitio. El de Antonio Balas ante el Tribunal Supremo no fue espectáculo ni histrionismo: fue la exposición tranquila y apisonadora de una cadena de hechos que incomoda.
Balas llegó sereno, pidió "permiso" al entrar, vestía traje y corbata con la enseña de la Guardia Civil y se sentó junto a su comandante, Jesús Montes, que le dio una palmadita en la nuca. Esa compostura fue el contraste perfecto con la exasperación que provocó en Ábalos, en Koldo y en sus abogados: el presidente del tribunal perdió la calma, Luzún pidió orden y la sala escuchó reproches que hablaban por sí solos.
No es un reproche retórico: las palabras de Balas fueron concretas. Habló de un "macizo árbol de evidencias" y trazó relaciones que los defensores parecieron intentar desbrozar con conjeturas y distracciones. "Al final el que paga manda", dijo al explicar el papel de quien era llamado "jefe" en la trama, y el comandante Montes resumió con una verdad austera: "Todo el mundo se vale de otros para sus fines". No es ornamentación: es constatación de dependencias y usos.
Las defensas recurrieron a tácticas previsibles: preguntas confusas, sugerencias de identidades alternativas, señalamientos que buscaban sembrar dudas donde el relato de la UCO se mantenía firme. Hubo momentos que rozaron lo delirante —como proponer que la "K" de los pagos fuera otra persona distinta— y otros de ironía contenida cuando Balas respondió, sobre nombres y detalles, con la misma sencillez con la que cualquier ciudadano respondería: "Desconozco absolutamente quién es Karmina".
El juicio, tras jornadas largas, dejó estampas reveladoras: comentarios sobre un "café" cafetero real, alguna palabra trabada en medio del discurso —un "majcarillas" ocasional— y la naturalidad de quien, tras nueve días, verbaliza sin aspavientos la trama probatoria. Incluso en los recesos hubo gesto humano: risas contenidas, conversaciones con Luzún y, al final del día, la llamada de la naturaleza que obligó a pedir un breve alto cuando el reloj marcaba ya la noche.
No se trata de un panegírico a personas, sino de una constatación: cuando la Guardia Civil despliega su informe y lo defiende, su teniente coronel no necesita subterfugios. Su método —sereno, preciso, implacable en la exposición— obliga a los demás a medirse con la realidad en lugar de refugiarse en insinuaciones. Eso fue lo que ocurrió en la sala: más que pelear contra la exposición de la UCO, los abogados parecieron batallar contra la evidencia misma.
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