Koldo: el asistente que corrió más que quien manda
Relato de un hombre que se echó la casa a cuestas y acabó en el foco judicial

Redacción · Más España


Hay personajes que parecen salidos de una novela picaresca y, sin embargo, habitan la realidad burocrática. Koldo García emerge en la crónica como ese figura: el mayor de seis hermanos, trabajador desde los nueve años, ebanista, agricultor, escolta y finalmente asesor en el ministerio que más gastaba. No es un decorado: son datos que explican por qué se volcó en las tareas que le encomendaron.
Con Ábalos empezó desde abajo: conductor, chico para todo y asistente personal. Compraba tabaco, ingresaba hipotecas, arreglaba los líos sentimentales; en suma, servía de quitador de dolores de cabeza. Cuando la pandemia obligó a centralizar compras, le pidieron que se volcara en lograr que llegaran las mascarillas. Así lo relata la pieza: cribar ofertas, hablar con China a las tres de la mañana, velar para que los aviones no regresaran vacíos y recibir material sanitario “las primeras” que llegaron a España. Hay una escena que resume la entrega: cajas amarradas al cinturón de seguridad, cada mascarilla en su asiento, y Koldo cámara en mano inmortalizando la llegada.
El reportaje no lo presenta como un gestor técnico sino como un hombre de confianza, de fidelidades personales: ahí están los pagos, las gestiones privadas, los favores que diluyeron la frontera entre lo público y lo íntimo. Le ingresó dinero a la familia de Ábalos, afrontó pagos vinculados a la vida sentimental del ministro y, según la narración, usó recursos propios —hasta dinero de su hija— para solucionar problemas ajenos. También figura en el relato que Ábalos llegó a deberle entre 30.000 y 40.000 euros, cifra que aparece en la crónica sin otra precisión sobre su destino judicial.
Koldo, además, fue presentado como colaborador —¿colaborador, confidente, espía?— de la Guardia Civil, motivo por el cual manejaba hasta 27 teléfonos móviles y una abundante “chistorra”. Todo ello, siempre según la información, llevado por ese criterio que él mismo enuncia: “si alguien me dice que tiene un problema, echo a correr y me pongo a ayudar”. Si la causa era una empresa española o salvar vidas españolas, la convocatoria era doble.
No hay en la pieza un relato edulcorado: se cuentan las virtudes y los riesgos de esa entrega ilimitada. Empatizar tanto, sugiere la crónica, puede ser un problema. Y si hay reproche implícito, es al mecanismo que permite que un asistente personal termine manejando pagos, favores, disposiciones logísticas clave y una evidente mezcla de roles públicos y privados. El Tribunal Supremo aparece como instancia ante la que Koldo ha intentado explicar su conducta; los hechos expuestos muestran, en todo caso, a un hombre empeñado en resolver sin preocuparse demasiado por los límites.
Que la vida pública necesite manos dispuestas es indudable. Que esas manos no traspasen el umbral de la responsabilidad institucional, también. La historia de Koldo García, tal como la relata El País, es un recordatorio crudo: la confianza personal puede salvar una emergencia, pero no exime de rendir cuentas cuando las fronteras entre lo particular y lo público se desdibujan.
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