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Kitchen en Soto del Real: verdades a medias y silencios que pesan

El testimonio del 'amigo' de prisión de Bárcenas arroja más sombras que certezas sobre el supuesto borrado de audios

Redacción Más España

Redacción · Más España

18 de abril de 2026 2 min de lectura
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Kitchen en Soto del Real: verdades a medias y silencios que pesan
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La vista oral de la trama Kitchen ha traído este jueves a la sala un testigo cuya voz suena a clave y a cerradura a medias: Isidro Sánchez, compañero de prisión de Luis Bárcenas en Soto del Real. Su declaración confirma, en lo esencial, que existió un encargo verbal para eliminar archivos —"tenía que borrar unos archivos"— y que por ello había un acuerdo económico de 5.000 euros. Punto uno del relato: el encargo se produjo y fue reconocido ante el fiscal.

Pero no todo en la narración encaja como para colgarle una etiqueta definitiva. Sánchez asegura que nunca recibió el pendrive que debía destruir ni la nota que Bárcenas dice haberle entregado; fue detenido en un permiso y devuelto a prisión, sin poder ejecutar la orden. Esa interrupción material del supuesto plan es un hecho que quita la precisión de la acción y deja abiertas lagunas cruciales: había intención, hubo intermediación verbal, pero no evidencia de ejecución, según el propio testigo.

A esas lagunas se suma la correspondencia documental que no conviene ignorar: Instituciones Penitenciarias aportó una copia de la nota que Bárcenas decía haber escrito —con instrucciones para "destruir todos los audios"— y los apuntes del comisario José Manuel Villarejo recogen seguimientos y referencias al "amigo de LB" y al papel interceptado. Hechos escritos que contrastan con la negativa rotunda del testigo a haber escrito o recibido papeles. Hechos contra palabras, insisten las agendas policiales.

La Fiscalía Anticorrupción, en su escrito, subraya que los procesados monitorizaron los movimientos de Sánchez desde el inicio del contacto con Bárcenas hasta los días en que debía producirse el borrado. Y, al mismo tiempo, admite que no consta que la trama lograra una copia de los audios que Bárcenas decía tener. Dicho de otra manera: hubo control, hubo interés y hubo anotaciones; no se ha probado, por ahora, que el objetivo material se consumase.

En el tribunal aflora, además, la elasticidad del testimonio: contradicciones respecto a lo declarado en instrucción sobre la intervención de su hermana, evasivas sobre lo que había en un supuesto pendrive y discrepancias con la versión del extesorero. No son detalles menores. Cuando la pieza central de un relato alterna certidumbres con negaciones, la investigación gana en sombras y el interés público merece claridad.

Queda, por tanto, una ecuación abierta: voluntades y seguimientos acreditados en documentos policiales; una orden verbal reconocida; una detención que impide la ejecución; y la ausencia de prueba definitiva de que los audios —si existieron en la forma que los imputados describen— fueran efectivamente suprimidos. El proceso, en manos de la Audiencia Nacional, deberá convertir esas sombras en respuestas precisas. Hasta entonces, la democracia exige escrutinio y la ciudadanía exigencia de transparencia frente a relatos que pesan pero que aún no cierran el círculo probatorio.

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