Jumilla: rezar en un parking, la protesta silenciosa contra la imposición
La comunidad musulmana se adapta y resiste tras la prohibición municipal del uso del polideportivo

Redacción · Más España


En los albores de la mañana, con la luz apenas despuntando sobre Jumilla, se plasmó una escena que resume la tensión entre lo cotidiano y la política: jóvenes arrastrando cubos y fregonas, voluntarios repartiendo chalecos y la piscina municipal abriendo una hora antes para facilitar lo imprescindible. No fue una procesión triunfal sino un dispositivo de supervivencia cívica para que alrededor de 1.500 vecinos musulmanes pudieran cumplir con una de las festividades religiosas más importantes.
La explanada habilitada por el Ayuntamiento —un espacio público improvisado, lejos del polideportivo que habitualmente se usaba— no es el escenario idóneo que la comunidad deseaba, pero resume la pura realidad: “es lo único que nos han dejado”, dijo el vicepresidente de la comunidad, Mohamed Chakour. Palabras que no precisan épica, sino constatación de límites impuestos por la política municipal.
El cambio no fue espontáneo ni neutro. Una moción promovida por Vox y aceptada y enmendada por el PP modificó el reglamento de uso de instalaciones deportivas municipales para vetar actos no deportivos, dando forma normativa a una consigna que en el fondo venía calentando el debate público desde hace meses. La enmienda incluyó, además, una referencia explícita a la «defensa de los usos y costumbres del pueblo español frente a prácticas culturales foráneas», lo que transformó una decisión administrativa en gesto identitario y señalador.
La norma fue recurrida por la Abogacía del Estado y, pese a ello, un juez dio la razón al Consistorio. Cuando llegó la fecha del Eid al-Fitr, el rezo no se impidió por vías coercitivas, pero sí fue desplazado. El Ayuntamiento y la comunidad alcanzaron un acuerdo: rezar en la explanada y usar las instalaciones de la piscina como soporte logístico. Las mujeres y los niños desarrollaron su ceremonia en el patio trasero de la Policía Local; los baños cedidos y limpiados por jóvenes con fregonas fueron parte de la logística humilde de aquel día.
Entre la multitud había autoridades del PSOE e IU que quisieron mostrar reconocimiento y también perplejidad: la exalcaldesa Juana Guardiola habló de vergüenza ante la imposición que impedía condiciones mejores para celebrar un rito que en poblaciones próximas se practica con normalidad. Es un gesto político que acompañó la protesta silenciosa de quienes solo pedían el uso habitual de un espacio para rezar.
Mientras sonaba la llamada a la oración y el imán dirigía el ceremonial, algunos vecinos curiosos se acercaron a fotografiar. Fátima Chakour, nacida en Jumilla y criada en el islam, reconoció la incomodidad de sentirse expuesta en su acto de fe, aun sabiendo que la presencia policial buscaba protegerlos. Al terminar, la escena cerró con café, té y dulces compartidos entre agentes y organizadores, y con las máquinas de limpieza pasando por donde horas antes habían estado las alfombras. Una imagen que simboliza, a la vez, la normalidad de la convivencia y la anomalía de haber tenido que desplegarla allí.
No se trata de grandes titulares, sino de un efecto acumulado: cuando las decisiones públicas incorporan discursos de identidad que excluyen, lo cotidiano de la práctica religiosa se empobrece y se aísla. Jumilla lo ha vivido en primera persona: no solo se modificó un reglamento, se colocó a una comunidad ante la obligación de adaptarse a lo que la política decidió dejarle. Quienes asistieron aquel día no reclamaron confrontación; reclamaron normalidad. Y la respuesta, por ahora, ha sido que la normalidad tenga que ocupar una explanada en vez de su lugar habitual.
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