Juan Carlos I aplaudido en París: la ovación extranjera que remueve nuestro espejo
El rey emérito recoge en la Asamblea Nacional francesa un premio por sus memorias mientras su figura continúa controvertida en España

Redacción · Más España


Que la República francesa abra sus salones parlamentarios para premiar a Juan Carlos I es, en sí mismo, un hecho que obliga a mirar. En la sala de fiestas de la Asamblea Nacional, ese edificio que alberga el histórico Palacio Borbón, el rey emérito recibía un Premio Especial del Libro Político por Reconciliación, su libro de memorias escrito junto a la periodista francesa Laurence Debray. La escena: aplausos, autoridades, una ceremonia que la organización calificó de no política y que se celebró, sin embargo, en «el corazón de nuestra democracia», en palabras de la presidenta de la Asamblea, Yaël Braun‑Pyvet.
No fue un acto doméstico ni una simple lectura íntima. El galardón fue otorgado por unanimidad por un jurado independiente presidido por la historiadora Annette Wieviorka e integrado por una veintena de periodistas y ensayistas. A su término, Juan Carlos I, acompañado por sus hijas —las infantas Elena y Cristina— y por su nieto Felipe de Marichalar y Borbón, pronunció un discurso en el que, según las crónicas, se mostró emocionado, algo fatigado y con dificultades para leer sin perderse, asistido por Laurence Debray.
En París habló de la Transición, elogió a «una clase política remarcable, tanto de izquierdas como de derechas» y fijó el horizonte que, dice, guió su acción: la democracia, el respeto de los derechos humanos y el progreso de la sociedad española. No eludió las controversias que han marcado su biografía reciente: reconoció errores y debilidades, admitió que el presente puede entristecerle y pronunció la frase que resonó en las crónicas: «Nadie es profeta en su país». Son palabras que combinan agradecimiento y constatación de un estado de opinión que él mismo ha afrontado.
La imagen pública del emérito no es la de hace décadas. Vive fuera de España, en Abu Dabi, «de mutuo acuerdo con la Casa del Rey», según registran las noticias. La ceremonia parisina se produce en un contexto marcado por gestos de cierta rehabilitación pública: en las últimas semanas su presencia en actos en España incluyó una tournée ibérica que, entre otros hitos, pasó por La Maestranza. Además, la desclasificación de documentos relacionados con el 23‑F ha reabierto debates sobre su papel en aquel episodio y alimentado un proceso público que algunos interpretan como vía de aclaración de dudas sobre su grado de conocimiento del intento de golpe.
No eran meros espectadores los franceses: entre los asistentes figuran ex primeros ministros como Manuel Valls y Élisabeth Borne. En febrero de 2023, cuando su figura estaba más cuestionada, ya fue recibido en el Elíseo por Emmanuel Macron con ocasión de un homenaje a Mario Vargas Llosa. Son hechos: encuentros, reconocimientos y actos que transcurren en escenarios internacionales y que se superponen a la situación doméstica española, donde la figura del emérito sigue siendo objeto de debate.
El gesto de la Asamblea Nacional —la concesión de un premio y la celebración de una comida en la que la presidenta compartió mantel con el homenajeado— plantea preguntas que no son retóricas. ¿Qué pesan más en la memoria colectiva: las contribuciones históricas atribuidas a un reinado o las controversias y decisiones personales posteriores? Los hechos cuentan una historia compleja: un libro en primera persona, un jurado que lo premia por unanimidad, una recepción en el Parlamento francés, la presencia de familiares y figuras públicas, y el reconocimiento mediático que todo ello genera. Al mismo tiempo, la propia voz del protagonista reconoce sombras y errores.
Que sean los hechos quienes hablen: el premio existe, la ceremonia se celebró en la Asamblea Nacional, la obra fue coescrita y defendida ante un jurado y un público que aplaudió. Y en España, mientras esto ocurre en el extranjero, el debate público sobre el emérito sigue vivo. No hay atajos: la reconciliación que proclama un libro y la ovación que concede otro país conviven con la memoria crítica, las preguntas y las demandas de claridad que también forman parte del relato nacional.
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