Irán no puede derrotar a EE. UU. en campo abierto, pero complica la victoria ajena
La estrategia de Teherán busca desgastar, prolongar y encarecer el conflicto, según expertos

Redacción · Más España


Estados Unidos e Israel anuncian que han reducido de manera significativa la capacidad militar de Irán. El propio presidente Donald Trump, en su cuenta de Truth Social, aseguró que la defensa aérea, la fuerza aérea, la armada y el liderazgo iraní "han desaparecido" y zanjó: "Quieren dialogar. Dije: '¡Demasiado tarde!'".
Frente a esa afirmación de superioridad, los expertos consultados por la BBC trazan una lectura fría y estratégica: Irán no busca derrotar a EE. UU. ni a Israel en una guerra convencional. H. A. Hellyer (RUSI) lo resume en clave pragmática: la intención es prolongar el conflicto, dispersarlo regionalmente y hacerlo económicamente doloroso para el adversario. No una victoria total, sino la imposición del costo.
Nicole Grajewski (Sciences Po) define la senda iraní como una "guerra de desgaste": infligir pérdidas sostenidas que vayan drenando recursos y socavando la capacidad de combate contraria. Hay, además, una dimensión psicológica deliberada: movimientos hacia zonas civiles y un uso de la precisión que, en opinión de Grajewski, busca infundir miedo y trauma en la población.
La columna vertebral de esa doctrina son misiles y drones. Aunque los inventarios de misiles habrían sido golpeados durante la llamada Guerra de los 12 Días y las cifras exactas permanecen inciertas por el almacenamiento subterráneo y la producción continua, Israel estimaba en febrero alrededor de 2.500 misiles de corto y medio alcance. Irán declara haber empleado sistemas como el Sejjil y el Fattah, y frecuentemente alude a infraestructuras subterráneas —las llamadas "ciudades de misiles"— cuya escala no ha sido verificada.
Las cifras de actividad también dibujan un escenario de alta intensidad: EE. UU. e Israel, según informes citados, habrían realizado más de 2.000 ataques con múltiples municiones; Irán habría lanzado 571 misiles y 1.391 drones, muchos de ellos interceptados. Y los mandos estadounidenses reportan descensos significativos en lanzamientos iraníes desde el inicio del conflicto (una reducción del 86% en lanzamientos balísticos y del 73% en drones, según datos citados en la nota).
Aun así, la capacidad de Irán para golpear infraestructura israelí, bases regionales estadounidenses y flujos energéticos permanece como amenaza tangible. El estrecho de Ormuz, por donde pasa alrededor del 20% del petróleo mundial y que Irán ha prometido cerrar atacando a barcos que intenten transitarlo, se erige como palanca estratégica capaz de infligir consecuencias económicas globales aún con interrupciones limitadas.
También los drones juegan un doble papel: arma ofensiva y herramienta para desgastar sistemas de defensa aérea, obligando a gastar interceptores costosos y erosionando con el tiempo la capacidad defensiva. La producción previa de decenas de miles de drones Shahed y la exportación de su diseño son elementos que refuerzan esa doctrina, según la crónica.
La conclusión que dibujan los hechos reportados por la BBC es diáfana: Irán, pese a golpes que habrían mermado parte de su arsenal, aplica una estrategia calculada para convertir cualquier triunfo operativo de sus adversarios en una victoria cara y con riesgos continuos. En esta contienda, la superioridad tecnológica y los golpes precisos no bastan por sí solos para sellar una paz; la guerra se juega también en el tiempo, en la economía y en la psicología de los pueblos.
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