Humillación o coherencia: la encrucijada de España entre la OTAN y la paz
Belarra acusa a Sánchez de postureo internacional mientras pide salida inmediata de la Alianza

Redacción · Más España


La política se hace en gestos y en hechos. Ione Belarra, secretaria general de Podemos, ha lanzado un dardo certero y calculado: sería una “humillación” aguardar a que Donald Trump nos saque de la OTAN cuando, a su juicio, lo coherente es marcharse. No son palabras al tuntún: las pronunció al hilo de un correo interno del Pentágono que planteaba suspender a España por no apoyar el ataque de EE. UU. a Irán. Ese email ha dejado al descubierto, por un instante, una tensión que no conviene soslayar.
En Nicosia, frente a la cumbre informal de la UE, Pedro Sánchez respondió con firmeza: España es un “socio leal” de la Alianza y opera con “documentos oficiales y posicionamientos del Gobierno de EE. UU.”. Esa réplica presidencial, sin embargo, no apaga la petición de Belarra de abrir el debate democrático sobre la pertenencia a la OTAN. ¿Tiene o no el país el derecho a decidir si quiere formar parte del mismo equipo geopolítico que lidera Trump? La pregunta, lanzada en el Congreso, no admite evasivas retóricas.
Belarra no se queda en el terreno abstracto: convierte la protesta en diagnóstico político. Ser miembro de la Alianza, dijo, nos expone como objetivo militar y nos convierte en cómplices, a su juicio, de las actuaciones de Trump y Netanyahu. Y propone una salida inmediata, amparada en la única vía real que contempla el tratado: la retirada voluntaria, que remite al artículo 13. El hecho legal —no hay mecanismo de expulsión previsto— refuerza la tesis de que ninguna “expulsión” automática puede sustituir a una decisión soberana.
No es solo geopolítica: es política interna. Belarra acusa al Gobierno de exhibir una brillantez internacional discursiva para ocultar «problemas domésticos»: vivienda, subida de precios y precariedad salarial. En el mismo foro criticó lo que calificó como el “mayor rearme de la historia de nuestro país”, al afirmar que el gasto militar se ha duplicado en dos años y medio y que mantienen abiertas las bases de Rota y Morón. Es la vieja tensión entre fotografía internacional y la concreción de políticas que afectan al día a día de las familias.
Hay, por tanto, dos planos que se superponen y se gritan: la coherencia moral y la coherencia estratégica. Belarra reclama que el «no a la guerra» —evocado por el presidente Sánchez— se traduzca en actos: abandonar una Alianza que, según ella, liga a España a decisiones y riesgos que no comparte. Sánchez, por su parte, opta por la lealtad y por la prudencia diplomática. Esa elección, legítima, requiere explicaciones claras y un debate público, no solo gestos en la arena internacional.
El correo interno del Pentágono ha sido la chispa, pero el combustible es anterior: el pulso entre una política exterior de alto brillo discursivo y una realidad doméstica que reclama prioridad. Si la soberanía es la capacidad de decidir, entonces la discusión que propone Belarra debe afrontarse con frialdad, no con desdén. Porque dirimir la pertenencia a alianzas militares no es mero eslogan; es decisión de Estado que exige convicción, legalidad y claridad democrática.
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