HODIO: un maquillaje institucional que no convence
La nueva herramienta del Gobierno contra el odio en redes nace entre dudas y teatralidad

Redacción · Más España


El Gobierno presentó HODIO como la herramienta para monitorizar y sancionar el odio en redes y otros espacios de difusión. Pedro Sánchez avaló el instrumento durante la puesta en marcha del primer Foro contra el Odio. Son hechos: la presentación oficial existió y el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones figura como promotor del proyecto.
Quien suscribe bajó a la calle para comprobar, con sentido periodístico, si el odio campaba a sus anchas en plazas y paseos. En el trayecto por la Puerta del Sol y la Plaza Mayor, a las 12:37, lo que se encontró fue calma cotidiana: no rastro visible de esa intensidad beligerante que se propone combatir HODIO. Es una constatación elemental, declarada por el periodista en la pieza de El Mundo.
El texto también documenta una tensión política que no es nueva: el corazón del relato público ha hecho del odio un recurso y un negocio. En plataformas como YouTube, X, TikTok o Instagram, se detecta una dinámica de exaltación; pero, según la crónica, son las tribunas y las gradas de la política las que alimentan con más eficacia la saña. El artículo apunta igualmente a la proliferación de actores que viven de la controversia: periodistas que amplifican, micrófonos que atosigan, tertulianos y mercenarios mediáticos que cobran por la estridencia.
HODIO, según la lectura ofrecida, nace en ese contexto: no solo como respuesta técnica, sino como acto político y comunicativo. El autor del reportaje duda de su eficacia práctica y llega a calificar el instrumento como “fingido”, palabra que refleja desconfianza sobre si la herramienta protegerá realmente a las víctimas o si sigue más bien una lógica de puesta en escena.
La crónica advierte también de una doble cara del fenómeno: existe un odio de corte claramente reaccionario, pero también un odio de carácter victimista que se instrumentaliza políticamente. Sea cual sea la etiqueta, la lectura subraya que el odio se ha convertido en un caldo de cultivo electoral y en un mercado donde se venden emociones y se compran votos.
La nota finaliza apuntando a lo que el autor entiende como verdaderos antídotos: educación y distancia frente al fango público. No son promesas tecnológicas, sino medidas culturales y cívicas para atajar una atmósfera que, en su opinión, está contaminando la democracia. Son las mismas conclusiones que plantea la crónica: HODIO ha sido lanzado, la iniciativa existe, pero quedan abiertas las dudas sobre su alcance y su honestidad política.
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