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Herencia milenaria: por qué seguimos atados a 60 minutos

Una decisión de hace 5.000 años y el fracaso de un experimento revolucionario explican nuestro reloj

Redacción Más España

Redacción · Más España

29 de marzo de 2026 3 min de lectura
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Herencia milenaria: por qué seguimos atados a 60 minutos
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Hace casi cinco mil años, en las planicies de Mesopotamia, los sumerios pusieron las bases de algo mucho más que contabilidad: idearon un sistema numérico cuya impronta llegó hasta nuestros relojes.

Aquellas pequeñas tablillas de arcilla —algunas datadas alrededor del 3200 a. C.— registraron prácticas matemáticas que, con el tiempo, se convertirían en la columna vertebral de la medición del tiempo. Los sumerios, según los estudios citados, utilizaron un sistema sexagesimal, una base en 60 que facilitaba divisiones prácticas: 60 se divide por 1, 2, 3, 4, 5, 6, 10, 12, 15, 20, 30 y 60 sin recurrir a fracciones incómodas. Una ventaja evidente para la contabilidad, la agrimensura y la astronomía.

No cabe aquí romanticismo: fue la utilidad la que impuso la forma. Lo que para nosotros es la decimalidad natural del 10, para ellos fue la comodidad del 60. Esa elección —sea sumeria o heredada de prácticas anteriores— se tradujo con el tiempo en la división del día que heredaron los pueblos mesopotámicos posteriores y que llegó, a través de la historia, hasta nuestros minutos y segundos.

Si miramos unos siglos más adelante, los babilonios (hacia alrededor del 1000 a. C.) documentaron ya el uso de instrumentos para medir el día: relojes de sol y relojes de agua. No es casualidad: la astronomía y la medición exigían divisiones prácticas, y el sexagesimal se adaptaba como anillo al dedo.

Frente a esa tradición, la Revolución Francesa intentó romper el molde. En octubre de 1793 la República instauró un experimento radical: dividir el día en 10 horas, cada hora en 100 minutos y cada minuto en 100 segundos. Fue un intento consciente de racionalizar —y de descristianizar— la vida cotidiana, acompañado por otras reformas calendares y sociales.

Pero la razón práctica volvió a imponerse: la conversión de los relojes existentes resultó extremadamente complicada, la reforma aisló a Francia de sus vecinos y, además, la población rural rechazó la nueva semana de diez días. Tras instalar relojes decimales y registrar actividades oficiales con el nuevo calendario, el sistema duró poco más de un año.

La historia, entonces, es tanto técnica como humana. No siempre vence el arrebato reformista: el sistema sexagesimal sobrevivió porque resolvía problemas concretos y porque la adaptación masiva de la sociedad y de la tecnología fue, en el caso decimal en Francia, inviable. Nos queda una lección que no admite lirismos: las instituciones técnicas y las prácticas sociales se retroalimentan; cuando una innovación choca con la práctica y la logística, pierde.

Así, cuando miramos la esfera del reloj y vemos esos 60 minutos que cabalgan inmóviles entre las horas, no miramos solo metal y cristal, sino una trayectoria histórica que va de las tablillas de arcilla sumerias a los relojes de agua babilonios, pasando por un intento revolucionario que buscó rehacerlo todo y que eludir la fuerza de la utilidad no pudo sostener.

Que nadie nos venda lo contrario: la liturgia del tiempo que usamos no es un fetiche estéril, sino una herencia pragmática que ha demostrado —con pruebas y fracasos— su razonabilidad frente a los ensayos utópicos que se sostienen solo en decretos.

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