Ha caído el hombre que gobernó Irán con mano de hierro
La muerte del ayatolá Alí Jamenei tras los ataques de EE. UU. e Israel deja un vacío y un país al borde

Redacción · Más España


La noticia cayó como una sacudida: la prensa estatal iraní confirmó lo que el propio presidente de Estados Unidos declaró por escrito: el ayatolá Alí Jamenei ha muerto en los ataques perpetrados por EE. UU. e Israel.
No son invenciones retóricas: IRIB habló de "martirio"; Donald Trump escribió que Jamenei era "una de las personas más malvadas de la historia" y celebró su muerte como justicia. El propio presidente estadounidense atribuyó el éxito a sistemas de inteligencia y a la estrecha colaboración con Israel, y afirmó que muchos miembros del IRGC y otras fuerzas estarían buscando inmunidad.
Jamenei no era un dirigente cualquiera. Desde 1989 ocupaba la jefatura suprema de la República Islámica: jefe de Estado, comandante en jefe y árbitro último sobre nombramientos y vetos. Su poder pasaba por encima de gobiernos y parlamentos; su influencia se anclaba en el control del Ejército y, de manera destacada, del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica.
Nacido en Mashhad en 1939 y formado como clérigo desde niño, Jamenei combinó siempre lo religioso y lo político. Fue líder de la oración del viernes en Teherán tras la revolución, elegido presidente en 1981 y designado sucesor del ayatolá Jomeini en 1989 por los ancianos religiosos. Su biografía pública incluye sobrevivir a un atentado en 1981 que lo dejó gravemente herido y haber cofundado el Partido Republicano Islámico para consolidar el poder revolucionario.
Su mandato no estuvo exento de crisis internas. En enero pasado, las mayores protestas en 47 años sacudieron Irán, desencadenando una crisis de legitimidad tras la represión que, según la información disponible, dejó miles de muertos. Jamenei acusó a Estados Unidos de usar "mercenarios traidores" para azuzar las manifestaciones. Washington, por su parte, amenazó con acciones militares ante la represión.
En el plano internacional, durante décadas EE. UU. e Israel señalaron a Irán por supuestos intentos de desarrollar un arma nuclear; Irán insistió en que su programa era pacífico. Ahora, la acción militar conjunta que ha eliminado física y simbólicamente a quien ejercía la máxima autoridad en Irán abre una nueva fase: Trump habla de una "oportunidad" para el pueblo iraní; en Teherán, el vaciamiento del centro de poder plantea preguntas sobre la continuidad del régimen, la lealtad de las fuerzas armadas y la posible reacción popular.
El hecho cierto es éste: Jamenei fue durante casi cuarenta años la columna vertebral del poder teocrático iraní. Su desaparición en un ataque exterior, confirmada por medios estatales y por la Casa Blanca, no borra las realidades que construyó: estructuras militares y políticas entrelazadas, una dirección religiosa legítima para amplios sectores y heridas internas muy profundas. El futuro de Irán queda, desde ahora, en una balanza incierta cuyas oscilaciones tendrán repercusiones regionales y globales.
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