Gobierno en saldo: de promesas fundacionales a un banquete de 56 ministros
Entre escándalos, promociones europeas y carreras electorales, la monocromía política se ha convertido en remake de sillas musicales

Redacción · Más España


El Consejo de Ministros que se constituyó tras la moción de censura de 2018 no es hoy más que una colección de retazos. Lo que fue un equipo fundacional con rostros destinados a dejar huella ha quedado deshilachado por dimisiones, purgas y trampolines electorales.
Los episodios de vergüenza pública no son anécdota. La salida fulminante de Màxim Huerta por fraude fiscal apenas seis días después de formarse el Gobierno y la dimisión de Carmen Montón por irregularidades en su máster encajan en el mismo patrón que hoy pervive: ministros que entran y salen por escándalo o contingencia. El viejo caso de las mascarillas que mantiene imputado a José Luis Ábalos recuerda que la lista de sombras no es nueva; y Ábalos, apartado entonces, hoy figura imputado por corrupción.
De aquel primer equipo apenas tres permanecen: Margarita Robles en Defensa, Fernando Grande‑Marlaska en Interior y Luis Planas en Agricultura. Tres pilares que asoman en un edificio que ha perdido su vigor político: figuras que alcanzaron peso se marcharon a las instituciones europeas —Josep Borrell, Nadia Calviño, Teresa Ribera— y otras fueron recolocadas o relevadas en la escena patria.
La política de trasvases no ha sido siempre una sanción: ha habido «patadas hacia arriba» y promociones ostentosas. Borrell a Alto Representante, Calviño a la presidencia del BEI, Ribera a la vicepresidencia de la Comisión Europea son ejemplos de cómo cargos nacionales han sido transformados en pasarelas hacia Bruselas. Al mismo tiempo, ex ministros socialistas encontraron destinos diplomáticos o institucionales: cargos en el Consejo de Estado, embajadas, presidencias administrativas… movimientos que brotan tanto del ascenso como de la relegación.
Pero no todo es mérito: la llamada «abrazo morado» reconfiguró el Ejecutivo con la llegada de ministros de Unidas Podemos y abrió la caja de los gestos y las tensiones internas. La ampliación a veintidós ministerios buscó hueco para nuevos rostros que, con el tiempo, también han dejado paso a otras urgencias.
La política como trampolín electoral es otra constante. Iglesias se marchó para competir en Madrid; Illa dejó Sanidad para ser candidato en Cataluña; otros como Pilar Alegría o María Jesús Montero abandonaron sus carteras para afrontar contiendas autonómicas. La lógica es clara: el Ejecutivo funciona también como vivero de campañas, y los relevos se multiplican en clave de estrategia partidista.
El saldo es crudo y cuantificable: 56 ministros han pasado por el Gobierno en estos años, con Arcadi España como el último en debutar. Ese número no es mero dato técnico; es síntoma. Es la constatación de un Ejecutivo que ha transitado de un proyecto con aspiraciones a una maquinaria de sustituciones, promociones y salidas por la puerta trasera.
El efecto en la percepción ciudadana es inevitable: crisis internas, escándalos judiciales y juegos de tronos electorales erosionan la solidez institucional y alimentan la sensación de desvalorización política. No se trata solo de rostros: se trata de la identidad y el vigor de un Gobierno que, por episodios y urgencias, va perdiendo el hilo de su narrativa fundacional.
En este balance no hay épica, sino desgaste. Y la pregunta que queda, ineludible, es si ese baile de sillas terminará por devolver al país a la política como servicio público o continuará siendo un tablero donde priman las urgencias personales y las estrategias partidistas.
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