Gestión tecnocrática y puesta en escena: la nueva división del poder en el Gobierno
Sánchez apuesta por la presencia simbólica; la economía queda en manos de técnicos

Redacción · Más España


La política española asiste a una nueva redistribución de funciones que no es sólo táctica: es programa. La llegada de Carlos Cuerpo como ministro de Economía y vicepresidente primero, junto a Arcadi España en Hacienda y la presencia de Félix Bolaños, no es un azar de nombres, sino la señal de un giro hacia un Gobierno de gestión tecnocrática.
Se ha subrayado, con razón, el perfil tecnocrático de Cuerpo: su capacidad para no polarizar, su talante negociador, su discreción frente al ruido público y su facilidad para interactuar con colegas europeos. Que no pertenezca orgánicamente al PSOE y que pueda discrepar con Sumar son elementos que refuerzan esa lectura pragmática. El paralelismo con Nadia Calviño, citado por muchos, no es gratuito: ambos encarnan una política económica de baja teatralidad y alta interlocución técnica en clave europea.
Ese repliegue hacia la gestión estricta tiene una vertiente estratégica: Pedro Sánchez parece reservar para sí la gestión simbólica. Potenciar su imagen internacional, encarnar discursos —incluso más allá de nuestras fronteras— y presentarse como contrapunto a figuras globales de la derecha funciona hoy como herramienta política. La política contemporánea, como recuerda la referencia a Sloterdijk, conjuga autoridad y teatralización; y ese cometido, con visibilidad y carisma, queda para el presidente.
El diagnóstico macroeconómico que acompaña estas decisiones no es menor: la economía vuelve a colocarse en el centro del escenario, precisamente por el impacto de la guerra y por la preeminencia de decisiones impuestas desde instituciones europeas, como las decisiones monetarias del BCE. Eso limita —hasta cierto punto— el margen de maniobra político-nacional y encumbra la tecnocracia como respuesta creíble a complejidades transnacionales.
Frente a ello, la oposición se encuentra en un dilema evidente. Criticar la discrepancia entre la percepción ciudadana y las cifras macroeconómicas es verosímil; plantear alternativas creíbles en materia económica es otra cosa. El artículo recuerda la carencia de un ministro de Economía en la sombra, de una figura que construya una oposición inteligente en lo económico, y evoca el precedente de Luis Garicano como un ejemplo de perfil capaz de asumir esa función.
No puede omitirse la hipótesis de los ataques previsibles: el PP, por su parte, centralizará críticas sobre el nuevo modelo de autogobierno económico catalán, la ausencia de Presupuestos y la precariedad de la figura presidencial. Pero la lectura interesada es clara: Sánchez ha acotado el terreno de desgaste, apostando por técnicos que blindan decisiones bajo una pátina técnica y por sí mismo como exponente de una política de imagen.
Así pues, lo que se está viendo es un reparto nítido: por un lado, la gestión —la negociación, la técnica, la interlocución europea— con Cuerpo, Arcadi España y Bolaños; por otro, la gestión simbólica, que exige presencia continua, carisma y capacidad para capturar la atención, y que se reserva el presidente. Es una operación facilitada, además, por el desconcierto entre los socios de coalición.
Queda, finalmente, la pregunta práctica: ¿será suficiente esta división para agotar la legislatura? El artículo concluye sin grandilocuencias: con este reparto de papeles y con la combinación de tecnocracia y teatralidad, sí, agotará la legislatura. Pero lo que ha quedado claro es otra cosa: la política española entra en una fase donde la autoridad se administra entre la discreción de la gestión y la exposición de la presencia mediática, y ambas pretenden legitimarse mutuamente.
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