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Frío transatlántico: el coste del desplante a Trump

Diplomáticos alertan: reconducir la relación con EEUU será complicado y llevará peajes

Redacción Más España

Redacción · Más España

9 de marzo de 2026 2 min de lectura
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Hay hechos que no se pueden retocar con retórica ni con gestos simbólicos. Cinco fuentes consultadas por EL MUNDO —cuatro de ellas en activo— y el exembajador Javier Rupérez sitúan el drama con Estados Unidos en el terreno de lo tangible: relaciones enfriadas, irritación visible y costes diplomáticos que ya empiezan a asomarse.

Hace dos décadas, el abandono apresurado de Irak provocó una tormenta que hubo que apagar con sacrificios y explicaciones: desplazamiento de esfuerzos a otros teatros, mayor presencia en bases aliadas, viajes y contactos para recomponer confianza. Hoy algunos observadores llaman a lo que sucede “una segunda versión” de aquel episodio, pero advierten de una diferencia crucial: entonces hubo intentos explícitos de reconducción; ahora, según quienes vivieron ambas etapas, los canales de acercamiento no se ven igual de activos.

Rupérez recuerda llamadas de alto voltaje en Washington en 2003 y la irritación pública que llegaron a expresar responsables estadounidenses. Hoy, esa irritación vuelve a percibirse, y la confusión se añade como ingrediente: movimientos militares, mensajes contradictorios entre ministros y declaraciones públicas que no siempre coinciden con comunicados oficiales, generan dudas y erosión de confianza.

No es menor que, mientras se elogia la preferencia por estrechar lazos con China y se anuncia un nuevo viaje del presidente a Pekín el mes que viene, no haya trascendido una llamada del ministro de Exteriores a homólogos decisivos en Washington —la noticia apunta que no se ha conocido llamada alguna a Marco Rubio desde que empezó el conflicto—. Para los consultados, este repliegue hacia otras alianzas en lugar de apostar por una reparación activa con EEUU es un elemento a tener muy en cuenta.

Las lecciones del pasado pesan: en 2003, el intento de encauzar la relación pasó por movimientos diplomáticos inmediatos y visiblemente incómodos; en 2026, las fuentes perciben comodidad en la actitud beligerante del presidente y sus socios. El diagnóstico no es menor: enfriamiento de las relaciones, posibles peajes por delante y la incógnita sobre hasta dónde llegarán los efectos, tanto en Madrid como en Washington.

Si los tiempos y los actores son distintos, la consecuencia podría ser la misma: pérdida de centralidad exterior y dificultades para maniobrar en un tablero internacional donde los aliados esperan certezas y predictibilidad. Ese es el precio que, según voces con experiencia directa, España ya empieza a pagar por una política que prioriza el gesto sobre la reconducción efectiva.

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