Freud vuelve cuando la política se quiebra: la terapia de la verdad en tiempos de autoritarismo
El regreso del psicoanálisis ocurre en paralelo a crisis políticas, violencia estatal y traumas colectivos

Redacción · Más España


Que Sigmund Freud recupere popularidad en pleno siglo XXI no es un fenómeno azaroso ni un capricho cultural: es la reacción de sociedades heridas que buscan lenguajes para nombrar lo innombrable.
Las señales son claras y públicas. Las cuentas de Instagram sobre teoría freudiana suman millones de seguidores. Programas televisivos y columnas en medios de referencia internacional anuncian una resurrección: Freud vuelve a ser referencia. No por moda, sino por necesidad. Cuando la política se tensa y la violencia auspiciada por el Estado —cuando existe— instala el miedo y el silencio, el psicoanálisis ofrece un espacio para hablar del trauma, del duelo y de la represión. Hablar la verdad en una cultura de mentiras se convierte en acto de resistencia.
La historia proporciona ejemplos que iluminan el presente. En Argentina, durante la época de desapariciones y terror, el psicoanálisis emergió como respuesta clínico-cultural al horror: un modo de poner palabra a la pérdida y oponer al silencio del poder la insistencia del hablar. Autores y clínicos europeos, rodeados por el auge del fascismo, vieron en el análisis una herramienta para comprender la formación de personalidades autoritarias. En otras latitudes, como la Argelia colonial, Frantz Fanon recurrió a estas mismas herramientas para interrogar y combatir la opresión racial y política.
Hoy se repite el patrón: el recrudecimiento de autoritarismos, la demonización de migrantes, la normalización de la violencia y la transmisión pública de atrocidades generan un campo fértil para que el psicoanálisis recupere relevancia. No es una apología de escuela: es el reconocimiento de que las teorías de Freud sobre el inconsciente, la represión y el duelo aportan palabras y marcos para entender cómo el miedo colectivo se instala y cómo se puede responder.
Al mismo tiempo, voces contemporáneas como la de algunos neuropsicoanalistas plantean que ciertas versiones del análisis dialogan con la neurociencia y sostienen que los tratamientos que lidian con el inconsciente pueden ofrecer efectos curativos de largo plazo, frente a soluciones farmacológicas que, según se discute, serían de carácter temporal.
No se trata de regresar a un pasado cerrado, sino de recuperar la capacidad de interpretar el malestar colectivo cuando las instituciones políticas quiebran su función de protección y las verdades públicas se contaminan. En momentos en que el poder tiende a imponer el silencio, el análisis reaparece como una práctica de lucidez: preguntar, nombrar, escuchar. Eso, en la política, puede ser ya una forma de patriotismo —no el de la retórica hueca— sino el patriotismo de quien se niega a aceptar que la historia comunitaria sea borrada por la violencia y la mentira.
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