Feijóo exige a alcaldes mano firme: la movilización no admite relajos
Tras el precedente de Aragón, el líder del PP apremia a sus regidores para evitar deserciones en Castilla y León

Redacción · Más España


No hay campaña pequeña cuando el terreno es el alma de España: los pueblos. Alberto Núñez Feijóo lo sabe y por eso ha multiplicado las visitas por la comunidad más extensa del país, apretando a los alcaldes como si lo que estuviera en juego fuera su propia investidura. La prosodia del mensaje es clara: "No puede haber un pueblo, una calle o una casa sin ir". No es retórica; es exigencia logística y política ante unas urnas que, aunque formales autonómicas, requieren el impulso municipal.
El ejemplo de Riaza —2.128 habitantes— no fue anecdótico sino calculado. Feijóo puso sobre el escenario a su alcalde, Benjamín Cerezo, como paradigma de eficacia electoral: resultados parejos en municipales, generales y europeas que sirven de contrapeso al riesgo de abstención. El gesto tenía filo: una llamada directa a una red de 1.505 alcaldes del PP en Castilla y León —el 66,95% del total autonómico— para que desplieguen su capacidad de movilización en 2.248 municipios, muchos de ellos pequeños y envejecidos.
El aviso no llega en vacío. Viene cargado por la lección de Aragón, donde el 8 de febrero los populares perdieron dos escaños y, según fuentes presentes, Feijóo dejó constancia a puerta cerrada de que faltó empuje por parte de los alcaldes. "No es lo mismo ir con toda la energía que ponen los alcaldes en unas elecciones municipales que ir solo a pulmón", resumió una fuente que asistió a la reunión. Esa moraleja ha mutado en plan de campaña: movilizar casa por casa, calle por calle, pueblo por pueblo, pese al frío invernal que puede amilanar la participación.
Alfonso Fernández Mañueco comparte la inquietud y la traduce en llamadas constantes al voto útil y al esfuerzo final. Su equipo incluso ha dispuesto herramientas prácticas para presionar y guiar: la última página del diario semanal El Nogal, distribuida entre cargos en campaña, replica municipio a municipio los resultados y las comparativas con autonómicos, poniendo negro sobre blanco dónde y cómo cambia el escrutinio. Es la cartografía del apremio: transparencia interna para exigir responsabilidad local.
La campaña en Castilla y León revela, pues, una verdad incómoda para cualquier organización: las elecciones que parecen autonómicas no prosperan sin la musculatura municipal. Feijóo lo sabe y actúa en consecuencia; Mañueco lo replica y lo afina. No se trata ya de discursos solemnes en plazas: es un trabajo de hormiga, puerta a puerta, en una comunidad donde un alcalde puede decidir la diferencia entre victoria y retroceso. Si la política quiere seguir expresándose como servicio público, esa exigencia de movilización debe entenderse como deber y obligación del dirigente local, no como favor puntual.
El reloj avanza hacia el 15 de marzo y la consigna es simple y severa: nada de relajos. Cuando la geografía electoral es una multitud de municipios pequeños, la ecuación es brutalmente elemental: menos impulso local, más riesgo de perderlo todo. Feijóo lo ha recordado con voz alta; corresponde ahora a los alcaldes responder con el mismo ardor y disciplina que el momento reclama.
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