Feijóo contra Abascal: la estrategia que amenaza con destruir la alternativa
El pacto en Extremadura confirma la desconfianza entre PP y Vox y acelera la guerra de relatos

Redacción · Más España


La investidura de María Guardiola en Extremadura, fruto del pacto entre PP y Vox, debía ser motivo de alivio y escenario de una nueva etapa. Lo fue para algunos, lo fue de forma tibia: casi cuatro meses después de las elecciones, el acuerdo llega, pero las campanas no repican como debieran. Lo que se ha instalado es la desconfianza.
Las negociaciones, según la crónica publicada por El Mundo el 18 de abril de 2026, fueron borrascosas y agotadoras para la lideresa popular extremeña. Guardiola soportó una tensión emocional visible públicamente; el diálogo dejó heridas que no se cerrarán con un simple papel de pacto autonómico. Y esas heridas pesan ya sobre la estrategia nacional del centroderecha.
En Vox hay diagnóstico y nombre propios: apuntan a la dirección del PP en Génova como la que interfiere, boicotea y dificulta acuerdos. No es una queja doméstica. Fuentes de la dirección de Vox denuncian que los presidentes autonómicos que iban a pactar con Vox desconocían por completo el documento marco elaborado por Feijóo; se enteraron por la prensa. Esa filtración o ausencia de coordinación no es anécdota: es síntoma de una estrategia que, para Vox, va más allá de tetrarquías regionales y persigue el desgaste personal de Santiago Abascal.
Las palabras que resumieron el aviso no son retórica: "Si nos presentan como el demonio, la destrucción mutua está asegurada". Vox acusa a Génova de una estrategia planificada para acabar con Abascal, y reconoce que llegó a vetar a Miguel Tellado como negociador del acuerdo de Extremadura por esa razón. El antagonismo ya no es solo político; es señalamiento interno y desconfianza estratégica entre socios necesarios.
Vox enumera además reveses y dificultades que explican su sensibilidad: la derrota de su aliado Orbán, la expulsión del partido de dirigentes que denunciaron irregularidades en su financiación, y otros zarandeos electorales que, según sus fuentes, han ralentizado su ascenso tras el batacazo en Castilla y León. Frente a quienes proclaman su declive, Vox responde con datos: "Nos han dado por muertos muchas veces. En Castilla y León tuvimos el 19%".
Y ahí está el nudo político: Feijóo, según el análisis de Vox, busca arrebatarles votos para gobernar en solitario. Para Vox, esa es una "ensoñación"; sostienen que obtienen transfusiones de voto desde el PSOE y la izquierda y que su fidelidad de votante es altísima. Pero ven en la demonización por parte del PP una estrategia suicida: el PP necesita a Vox para gobernar en muchas hipotéticas mayorías y, sin embargo, elabora un relato que alimenta la confrontación interna.
La paradoja es evidente y peligrosa: ambos partidos, acusándose mutuamente, pueden estar colaborando en lo mismo que dicen querer evitar —la derrota de Pedro Sánchez—. El PP reprocha a Vox una supuesta pinza con el PSOE contra Feijóo; Vox, en cambio, acusa al PP de fortalecerles mediante ataques a Abascal. Mientras tanto, la política migratoria emerge como una bandera para Vox y un foco de polémica que también tensiona al PP.
No es una cuestión menor: la dinámica que se ha instalado en el centro-derecha tiene costes electorales y políticos. Las mayorías absolutas han pasado a mejor vida; la gobernabilidad futura dependerá de acuerdos incómodos y de confianza mutua. Si esa confianza se rompe por campañas internas y por la construcción de relatos que buscan neutralizar adversarios dentro del propio espectro, la alternativa que hoy ambos dicen perseguir se diluye en disputa y desconfianza.
El 18 de abril de 2026 es fecha de un aviso: un pacto autonómico no borra estrategias nacionales. El buen entendimiento en los gobiernos territoriales convive con lavas de recelo en las direcciones nacionales. O se corrige la deriva —con cooperación leal— o la política del centroderecha se convierte en un ring de daños compartidos, donde nadie gana y todos pierden.
La política exige audacia, pero también responsabilidad. Y cuando las direcciones nacionales prefieren la construcción del relato a la construcción de una alternativa, el riesgo no es solo táctico: es la posibilidad real de la destrucción mutua que Vox ahora proclama.
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