Familia y lealtades: el escudo humanizado de Ábalos y Koldo García
En el Supremo, los allegados intentan desmontar la tesis de testaferros con relatos íntimos y explicaciones circunstanciales

Redacción · Más España


Se sientan ante el tribunal y presentan un argumento que busca otra cosa que la técnica jurídica: piden comprensión. Víctor Ábalos y Joseba García han ejercido hoy el papel que tantas veces desempeñan las familias en los grandes procedimientos: blindar al suyo con una narrativa de sacrificio, ayuda y cotidianeidad.
Víctor, el primogénito del exministro, subió al estrado con gesto contenido y traje oscuro, como quien acude a un acto solemne y a la vez íntimo. Defendió lo obvio para una familia: que sus ingresos proceden de su trabajo como consultor, que llegó a pedir un préstamo personal de más de 20.000 euros para ayudar a su padre y que, tras el estallido del caso Koldo, su facturación cayó y tuvo que acudir a medios y programas para pagar la hipoteca. Frente a la interpretación de los investigadores —que ven en algunos mensajes y movimientos indicios de testaferros— Víctor puso nombres humanos a los términos que el fiscal quiere convertir en clave: “café” era café; ayudar a Koldo significó dar trabajo a su mujer y que ella cobró dos nóminas de alrededor de 900 euros.
Joseba García, en tono más desenfadado y con la protección legal que esgrimió ante fiscal y acusaciones populares, ofreció su propia versión de los hechos. Desnudó ante los magistrados una vida compuesta de viajes personales, negocios fallidos y afectos: sus desplazamientos a República Dominicana los explicó como intentos empresariales y romances, no como recados con sobres. Sobre la contratación de Jéssica Rodríguez en Ineco, alegó que la conoció como compañero de trabajo y que no era su superior; negó haber manejado la relación laboral y resumió su intervención en apoyo personal —rellenar partes, cuidar un gato, pagar un alquiler— más que en gestiones profesionales opacas.
Ante los indicios que apuntan a que los hermanos García habrían movido efectivo para pagar favores políticos, las explicaciones trazan un mapa de casualidades y ocupaciones: la venta problemática de un Volkswagen, justificó Joseba, es la razón de múltiples encuentros con Aldama; el dinero en efectivo hallado en su vivienda lo atribuye a su club de moteros; su percepción de más de 70.000 euros justificaría manejos puntuales de liquidez.
Son retratos familiares que buscan humanizar la investigación. Son, también, la réplica directa a la tesis de los investigadores. No hay en las declaraciones ni una admisión de pertenencia a la supuesta trama ni una confirmación de que los movimientos económicos respondieran a la instrucción de los acusados. Lo que hay es una apelación constante a la ayuda entre parientes, a la empatía y a la explicación cotidiana frente a la lectura penal que los fiscales intentan consolidar.
El contraste es nítido: la acusación sitúa indicios, conversaciones y hallazgos materiales; los testigos colocan emociones, préstamos familiares, ocupaciones profesionales y explicaciones de vida. Será el tribunal el que, a partir de pruebas y valoraciones, decida cuál de esos planos prevalece. Pero hoy, en el salón forrado de rojo del Supremo, la escena ha sido la de la familia en su función defensiva: poner rostro humano y sentido común a lo que la investigación descifra como red de intereses y dinero.
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