España no puede mirar hacia otro lado ante la infancia que se rompe
Los datos de ANAR 2025 dibujan una emergencia silenciosa que exige respuesta inmediata

Redacción · Más España


Los números no entienden de eufemismos ni de complacencias. La Fundación ANAR ha dejado sobre la mesa, con la frialdad de un informe, la radiografía de una infancia acosada: 19.990 niños y adolescentes atendidos en 2025 a través del Teléfono y del Chat ANAR, de los cuales 6.467 presentaban conductas suicidas. Esos datos no son una estadística más: son voces que pidieron auxilio.
La fotografía es sólida y dolorosa. La salud mental fue el motivo principal de las llamadas en las líneas de ANAR, representando el 51,8% de los casos. Dentro de ese territorio sombrío aparecen la conducta suicida (29,6%), las autolesiones (12,3%) y los trastornos de ansiedad (3,2%). ANAR advierte que “los datos son graves y alarmantes”, y dice, con razón, que su presencia evita que muchos menores queden en el silencio.
No se trata de incidentes aislados sino de un empeoramiento sostenido. Entre 2024 y 2025 el número de menores atendidos creció un 8,9% (de 18.348 a 19.990) y las intervenciones de emergencia subieron de 6.956 a 8.411. La conducta suicida aumentó un 25,5% (de 5.153 a 6.467 casos) y las autolesiones se incrementaron un 35,2%, rozando los 4.600 episodios en 2025. Son cifras que exigen, antes que retórica, medidas eficaces.
Detrás de cada cifra hay múltiples problemas: de media, casi cinco problemáticas por menor atendido. Cuando la llamada proviene de los adultos del entorno, la violencia aparece en casi dos de cada tres consultas (63,3%). El maltrato físico y psicológico encabeza la lista (22,2%), seguido de agresiones sexuales (9,7%), abandono (9%) y acoso escolar o ciberbullying (8,8%).
La tecnología, con su doble filo, no es inocente: un uso inadecuado está implicado en el 62,7% de los casos, y la sobreexposición a contenidos violentos hace que muchos niños confundan ficción y realidad. Aplicaciones y plataformas —Whatsapp, TikTok, videojuegos— se convierten en terrenos minados donde el menor puede perderse.
ANAR reclama más red de apoyo y visibilidad. Diana Díaz subraya la necesidad de vínculos familiares como refugio; Sonsoles Bartolomé apunta que, pese a la gravedad, la mayor llegada de llamadas demuestra que ANAR está encontrando a quienes de otro modo quedarían en soledad. Benjamín Ballesteros advierte que “cada año son más” y que la violencia está estrechamente relacionada con este auge.
No son consignas: son exigencias de protección. Si la infancia está marcando un aumento sostenido de emergencias, la obligación de la sociedad y de las instituciones es actuar con urgencia, coordinación y recursos. Que nadie piense en esto como un problema de otros: la salud mental y la integridad de nuestros menores son el primer deber colectivo. Y los hechos, aquí, hablan claro.
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