El viraje calculado: el PP dice 'no a la guerra' sin perder su filo contra Sánchez
En el Congreso se cristaliza un giro táctico; la escena política se despliega entre reproches, silogismos y amenazas sobre decretos ómnibus

Redacción · Más España


El Congreso ofreció este miércoles el teatro preciso para un viraje sin estridencias: el Partido Popular entonó un 'no a la guerra' con la finura de quien cambia el vestido sin renunciar al discurso. No fue una epifanía, sino una adaptación: 18 días después del inicio de los ataques a Irán, el PP moduló su tono ante un conflicto que, según las encuestas que cita la crónica, no conecta con la opinión pública.
Alberto Núñez Feijóo abrió la sesión como quien reclama protagonismo y deja caer la cartulina electoral: restregó a Pedro Sánchez el triunfo popular en Castilla y León y, con una línea que busca herir la autoestima pública del adversario, le propinó la descalificación que retumbará en los cortes de campaña: “Es usted un perdedor”. El presidente, por su parte, apartó la provocación y defendió la “capacidad de respuesta” de su Ejecutivo frente a sucesivas crisis, reivindicando un contraste de prioridades: proteger a la ciudadanía frente a quienes, dijo, preferirían recortar y socializar pérdidas para otros.
Fue entonces, en ese intercambio de asignaciones morales, cuando Feijóo trazó su contorno: rechazo a la guerra, pero sin conceder nada al Gobierno. “La mayoría de los españoles no queremos la guerra, lo que queremos es que usted nos deje en paz”, proclamó, dejando claro que el desmarque no equivale a un aval. La escena dibujó la esencia del nuevo giro: una negativa a la escalada bélica combinada con una táctica de oposición implacable.
En el Parlamento la réplica no tardó. Sánchez acusó a Feijóo de ambigüedad: no se puede, dijo, 'apoyar el incendio y luego quejarse del humo'. El intercambio proyectó una foto de dos estrategias: la del Ejecutivo, que apela a la acción y al escudo social; y la de la oposición, que insiste en la crítica y en propuestas conocidas —bajar impuestos— como respuesta prioritaria.
En el flanco parlamentario, la portavoz popular Ester Muñoz y Cuca Gamarra alinearon el mensaje: 'No a la guerra y no a este Gobierno'. Gamarra, además, forzó al ministro Bolaños sobre un asunto concreto: el envío de una fragata a Chipre y la supuesta falta de autorización del Congreso. La pregunta, precisa y punzante, buscó enlazar legalidad y responsabilidad internacional, mientras que la respuesta del ministro devolvió la pregunta sobre lealtades: '¿Con quiénes están ustedes?'.
Curiosa fue la ausencia de Cayetana Álvarez de Toledo, voz habitual en debates de beligerancia; su falta de eco evidenció que la exaltación de un ataque al régimen de los ayatolás carece hoy de anclaje mayoritario, hasta entre los ultras de Vox, que optaron por una crítica distinta: acusar al Gobierno de usar la guerra para distraer de los problemas domésticos.
El debate no se limitó a la guerra. Feijóo advirtió a Sánchez: no espere el apoyo del PP si pretende un 'decreto ómnibus' heterogéneo para paliar los efectos económicos. La amenaza es clara y técnica a la vez: aceptación condicionada y rechazo a fórmulas que el PP considera parches y barro legislativo. Otros grupos empujaron por medidas concretas: el PNV pidió que los gastos extraordinarios no computen en el déficit europeo; Podemos y EH Bildu demandaron limitaciones de precios por decreto. El Gobierno, prudente, dejó la respuesta para la negociación.
Cuando la cuestión económica emergió como factura de la crisis, la vice primera, María Jesús Montero, afirmó que 'las guerras las pagamos todos' y prometió reforzar el escudo social. Las dudas y los reproches desde la tribuna, incluido el aviso de que, sin garantías europeas, habrá recortes, subrayaron la tensión fiscal que atraviesa la escena política.
La sesión terminó con la evidente mezcla de cálculo electoral y legitimidad estatal: reproches personales —'maletas a la puerta' y pronósticos de batacazo electoral—, demandas materiales —ayudas, límites de precios, exenciones de déficit— y una guerra lejana que condiciona prioridades. El PP ha elegido ahora un rechazo estratégico a la guerra que no renuncia a la beligerancia política contra el Gobierno. No es un giro moral, sino una maniobra de tablero: evitar el coste político de apoyar una intervención impopular sin dejar de presionar al Ejecutivo en cada eslabón de su gestión.
Queda por ver si esta nueva táctica conduce a una oposición más influyente o a una oposición que, renunciando al fervor belicista, devuelve al Hemiciclo la vieja política del reproche y la contingencia electoral. En todo caso, la lección es clara: la política española sigue siendo un ajedrez donde cada movimiento exterior se paga y se cobra en la plaza pública interior.
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