El tabú que descompone al PSOE: el pasado que Sánchez no quiere recordar
Las heridas de 2016 reaparecen mientras nuevos liderazgos suben y el presidente se atrinchera

Redacción · Más España


El PSOE está de nuevo en mitad de un temblor interno que pocos pueden ya disimular. No se trata de una escaramuza pasajera: son resonancias de aquel Comité Federal del 1 de octubre de 2016, la jornada extenuante que partió al partido en dos y que terminó con la dimisión de Pedro Sánchez. Quien conoce al presidente lo dice sin ambages: es "muy sensible" a todo lo que le recuerde a ese episodio. Y no es casualidad que esa sensibilidad se haya convertido en un tabú dentro de la organización.
Diez años después, las cicatrices reaparecen en forma de liderazgos emergentes que toman posiciones dentro del partido. El último ejemplo es el secretario general de Extremadura, Álvaro Sánchez Cotrina, de 39 años, encumbrado en un congreso regional al que el presidente decidió no acudir aun teniendo la agenda despejada. Ese gesto no puede leerse como un descuido: es el gesto medido de quien evita afrontar lo que le incomoda.
Los críticos no ocultan que "las heridas" de aquel comité federal "no se han cerrado". Afirman, con dureza, que aquel episodio marcó la manera en que Sánchez ejerce el liderazgo desde entonces y que hubo purgas que dejaron a militantes marginados. Es un diagnóstico frío: la gestora que tomó el mando entonces, capitaneada por Javier Fernández, condujo al PSOE a la abstención que permitió la investidura de Mariano Rajoy y alumbró el famoso "no es no" que impulsó a Sánchez a retirarse temporalmente y regresar por las urnas.
La biografía reciente del líder es conocida y la repiten las fuentes: renunció a su acta de diputado, disputó y ganó unas primarias frente a Susana Díaz y Patxi López, volvió a la secretaría general en 2017 y modificó los estatutos para blindar el papel decisorio de la militancia. El resultado, según la narración oficial, fue un PSOE más vertical y presidencialista, con un presidente que pelea por un resultado que le permita legitimarse y seguir al frente.
Sánchez ha expresado su intención de "culminar la década". Su sucesión queda en espera, a la expectativa de las urnas: buena parte de la organización aguardará a los resultados electorales para dirimir el futuro. Fuentes socialistas admiten que, si llegara un golpe letal en las urnas, se abriría un levantamiento interno que presionaría por su salida y que, previsiblemente, algunos sanchistas podrían traicionarle.
Mientras tanto, al presidente "le cabrea" que se hable de su salida, según las mismas fuentes consultadas. El calendario inmediato pesa: las elecciones autonómicas en Andalucía del 17 de mayo marcarán las cartas para el resto de la legislatura y servirán, dicen dentro del PSOE, para calibrar hasta dónde llega la legitimidad con la que Sánchez pretende seguir gobernando y controlando los procesos de cambio.
No hay en los hechos ofrecidos heroicidades ni conspiraciones novelescas: hay un partido con heridas antiguas que vuelven a mostrarse y una dirección que, por cálculo o prudencia, aparta la mirada de aquello que le devuelve la imagen de su fractura mayor. Quien gobierna y aspira a seguir haciéndolo sabe que la legitimidad se negocia en las urnas, pero que la memoria interna puede pesar tanto como los votos.
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