El Supremo convertido en plató: la corrupción desfilando en primera fila
Un juicio que ya no es solo un proceso: es un espectáculo con nombre de mujer

Redacción · Más España


El Tribunal Supremo, templo de la justicia, se ha visto en estos días invadido por una sensación que poco tiene que ver con la sobriedad de una sala de vistas y mucho con el ruido y la lente de un plató. No lo digo yo: lo dicen las actas y el propio relato de la tercera sesión del juicio contra José Luis Ábalos. Allí, las declaraciones de Leonor González Pano y de su madre, Carmen Pano, han ocupado el centro de la escena con la rotundidad y el histrionismo propio de una función bien montada.
La hija entró «enfundada en un mono y agarrada a un rosario»; la madre relató que llevó «90.000 euros a Ferraz en bolsas de plástico blancas metidas en bolsas de cartón ‘tipo Zara’». Son imágenes contundentes, narradas con detalles que queman: mensajes privados leídos en voz alta, el hablar meloso de quien cuenta manejos ilícitos como si fuera un folletín, y la mención de un chalé comprado al que se aplica el sórdido trasfondo de favores y concesiones. No son metáforas: son testimonios que se han escuchado en el Supremo.
Lo que emerge es una matrioska de colocaciones, queridas y trasiegos de billetes, y una relación directa con el suculento negocio de los hidrocarburos en el que aparece Victor de Aldama como pieza central junto a sus socias, las Pano, y el empresario Claudio Rivas. El grupo celebraba una concesión: la esperada licencia petrolera que, según el relato, vino de la mano de decisiones políticas. Y cuando la noticia cambió, la reacción fue de tensión y reproche que quedó igualmente registrada en la sala.
No es anécdota menor que, en medio del relato, afloren episodios de vida cotidiana convertidos en prueba: un chalet sin luz al que, dicen, se engancharon para tirar adelante; deudas con el jardinero; despidos y destituciones en empresas involucradas; un encargado que fue relevado por exigir por escrito exenciones laborales. Todo ello configura un cuadro de abuso de poder y de influencia, contado con crudeza y con un lenguaje que algunos en la sala calificaron de descarnado y chabacano.
El tribunal no ha visto solo declaraciones: ha visto el espectáculo de una corrupción que se exhibe con olor a Ducados, con episodios que van desde la complacencia hasta la presunta coacción, y con gestos curiosos, como la adelanto de la comparecencia de Carmen para que madre e hija pudieran salir juntas del Supremo. Un gesto casi desconcertante entre tanta mugre, según relatan las crónicas.
Que un juicio público adopte la forma de un reality no es únicamente un problema de forma. Es la constatación de que la corrupción se ha presentado sin disfraces: con nombres propios, con domicilios, con mensajes, con bolsas y con chalés. El país merece que la justicia recupere la serenidad del procedimiento y que los hechos, no el show, sean lo que dicte sentencia. Mientras tanto, el Supremo y la opinión pública asisten, entre perplejos y resignados, a una exhibición que pocos recuerdan en su memoria reciente.
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