El silencio impuesto: la emoción como veto al liderazgo femenino
Cómo el viejo binomio razón/emoción sigue marcando quién puede gobernar

Redacción · Más España


La historia política europea se ha construido con un latido que algunos pretenden neutro pero que en realidad late con sesgo: la separación entre razón y emoción ha sido, y sigue siendo, frontera de acceso al poder.
Mary Beard lo llamó un “mythos masculino”: la oratoria pública concebida como espacio masculino, la retórica elevada a aduana que decide quién puede hablar y cómo. No es una metáfora inocua: es una arquitectura simbólica que regula la legitimidad de la palabra y que traduce la presencia femenina en un problema de forma, tono y afecto.
El caso de Yolanda Díaz ilustra con nitidez ese filtro invisible. Reconocida por su competencia técnica en el Ministerio de Trabajo, por su eficacia y reconocimiento público, vio cómo su percepción cambia cuando el relato que la rodea deja de ser exclusivamente técnico y se incorpora la proximidad, la empatía, la honradez: atributos ligados a la esfera emocional que, curiosamente, restan en vez de sumar.
Es revelador que esa pérdida de valoración no ocurra con sus homólogos masculinos mencionados en el debate público: a Sánchez, Feijóo o Abascal se les reconoce experiencia, preparación y determinación aun cuando expresen emoción. Hay, pues, una regla no escrita: el mismo gesto emotivo obtiene lectura excelsiva si proviene de un hombre, y sospecha si emana de una mujer.
La neurociencia y la teoría feminista convergen en desmontar la farsa de la dicotomía emoción/razón. No existen decisiones puramente racionales: toda elección está mediada por afectos. Emocionarse no equivale a renunciar al juicio; es otra manera de conocer y actuar. El problema no es la emoción en la política, sino la jerarquía cultural que decide qué emociones son aceptables y quién tiene permiso para mostrarlas.
Esa jerarquía tiene consecuencias prácticas: muchas mujeres políticas confiesan reprimir sus afectos por miedo a ser deslegitimadas; otras se apartan de la esfera pública para no encajar en el molde del líder tradicional. No estamos ante una cuestión de estilos: está en juego quién puede representar y con qué recursos simbólicos.
Politizar los afectos no significa sentimentalizar el debate público. Significa despatriarcalizar los códigos de lo decible y lo mostrable: abrir espacio para voces y maneras de compromiso público que hoy son consideradas menores o incluso sospechosas.
Claro está, la emoción también puede instrumentalizarse. En contextos de intoxicación informativa y polarización, los afectos se vuelven arma: activan miedos, rencores y adhesiones acríticas, como muestran liderazgos que hacen de la emoción un recurso central para movilizar sin dar datos ni buscar consenso.
La tarea entonces no es prohibir la emoción, sino disputar su sentido político. No dejar que la matriz cultural determine quién merece hablar y de qué manera. No confundir el miedo a la manipulación con la condena previa a la expresión afectiva femenina. Transformar las reglas del juego retórico es, en definitiva, una exigencia democrática: sin cambiar qué emociones se admiten en la arena pública, seguiremos perdiendo a quienes podrían renovar el servicio público y la confianza ciudadana.
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