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El sacrificio impuesto: Montero deja la Vicepresidencia y se marcha a la batalla andaluza

Un adiós cargado de emoción que revela la dinámica interna del PSOE

Redacción Más España

Redacción · Más España

29 de marzo de 2026 3 min de lectura
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El sacrificio impuesto: Montero deja la Vicepresidencia y se marcha a la batalla andaluza
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La imagen es de las que quedan para el recuerdo: Antidio Fagúndez acercándose al escaño de María Jesús Montero y entregándole dos rosas rojas en nombre del Grupo Socialista. No fue un guiño de protocolo: fue la despedida sentida de quien hasta ahora ocupaba el banco azul junto al presidente del Gobierno.

Montero ha dejado la Vicepresidencia Primera para presentarse a las autonómicas andaluzas. Ella misma confesó que no se fue por puro deseo personal, sino porque recibió la petición desde arriba. Lo dijo con voz atribulada y lo repitieron fuentes socialistas: “se va muy disgustada, no se atrevió a decir que no a Pedro Sánchez”. Ese testimonio, pronunciado y asumido dentro del partido, no es una anécdota: es la fotografía de una decisión política que algunos califican, sin ambages, de sacrificio.

El relato de su marcha está teñido de emotividad y de pragmatismo. En el PSOE admiten que Montero ha sido una pieza imprescindible en los últimos años y que deja un hueco difícil de cubrir. Pero al mismo tiempo los sondeos y la percepción interna plantean un panorama áspero: fuera del núcleo de Moncloa la sensación es “mala” y las federaciones no muestran el mismo entusiasmo por la candidata. Incluso se afirma que, en amplios territorios, Montero es una desconocida.

La estrategia del PSOE para Andalucía se sostiene sobre una apuesta fuerte y visible: la vicesecretaria general del partido abandona responsabilidades de Gobierno para concurrir como candidata. El gesto está justificado por la dirección como lealtad; para otras voces internas plantea dudas sobre eficacia y encaje electoral. Las expectativas oficiales no se envuelven en triunfalismo: subir dos diputados sería “aceptable”, y el único horizonte optimista que vislumbran reside precisamente en que las expectativas son muy negras.

En paralelo, la operación de sustitución en el Ejecutivo ha ido en la dirección de mantener apariencias: Carlos Cuerpo asume la Vicepresidencia Primera, pero ya se escucha que el ministro Bolaños continuará ejerciendo el papel de vicepresidente político de facto. La fórmula sugiere que el relevo no busca reinventar funciones sino garantizar continuidad en un gabiente donde, reconocen incluso partidarios, manda una sola persona y el resto ejecuta decisiones.

Quedan interrogantes prácticos y simbólicos. Montero no ha dejado su escaño en el Congreso ni su cargo de vicesecretaria general del PSOE. El PP presume que no tomará el acta en el Parlamento andaluz tras el 17-M; el PSOE lo niega. Y nadie oculta que, según el resultado electoral, la vuelta de Montero a la política nacional es una posibilidad sobre la mesa.

Sea cual sea el desenlace, lo cierto es que la operación evidencia una tensión ya crónica: la centralización de decisiones en torno al liderazgo del partido y la exposición de cuadros nacionales a batallas regionales. La política, a veces, obliga a los gestos grandes; otros veces, revela la fragilidad de quienes los ejecutan. En este caso, el gesto de Montero queda inscrito como sacrificio y apuesta, mientras el PSOE afronta unas semanas que, admiten en su dirección, serán determinantes para calibrar hasta qué punto esa apuesta fue necesaria o arriesgada.

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