El Rey elude invitar a Delcy Rodríguez en persona: la prudencia real ante una cumbre incómoda
Zarzuela opta por fórmulas diplomáticas: invitaciones nominales, por país y excepciones para regímenes singulares

Redacción · Más España


La maquinaria diplomática española trabaja desde hace meses para que la Cumbre Iberoamericana que se celebrará los próximos 4 y 5 de noviembre vuelva a ser un foro relevante. Es tarea del Palacio de la Zarzuela —según regula el artículo 56 de la Constitución— expedir las invitaciones en nombre del Rey. Y en esa labor se ha impuesto la prudencia institucional.
Se han redactado tres tipos de convocatoria. Primero, invitaciones nominales a presidentes cuyo mandato parece claro en noviembre: ejemplos citados son José Antonio Kast, Javier Milei, Lula da Silva, Rodrigo Paz y Claudia Sheinbaum, que recibió la invitación en mano del ministro Albares. Segundo, invitaciones dirigidas al país cuando la situación electoral impide apuntar a una persona concreta: Colombia, Perú y, en ese grupo, Venezuela, han recibido la fórmula de ser convidados “al más alto nivel institucional”.
Ese matiz es central en el caso de Delcy Rodríguez. Aunque juró el cargo el pasado 5 de enero como presidenta encargada, persiste la incertidumbre política y la condicionante planteada por la primera exigencia de Donald Trump sobre la convocatoria de elecciones. Por tanto, la Zarzuela no cursa una invitación nominal a Rodríguez, sino una a la representación más alta del país, evitando así personalizar la convocatoria en quien mantiene un veto para pisar la Unión Europea.
Esa prohibición de acceso a suelo comunitario para Rodrígues, vigente desde 2017 y que no se extinguió con su nuevo nombramiento, es un dato que pesa en la decisión. El ministro de Exteriores, José Manuel Albares, ha intentado sin éxito levantar ese veto en Bruselas. Aun así, el Gobierno maneja la posibilidad de acogerse al artículo 6 del capítulo II de la Decisión (PESC) 2017/2074 del Consejo, que permite exenciones por asistencia a reuniones intergubernamentales cuando el viaje justifique mantener un diálogo que promueva democracia y derechos humanos en Venezuela.
Hay además una tercera fórmula: una particularidad protocolaria pensada para Nicaragua, donde la invitación se cursa al país evitando incluso la fórmula del “más alto nivel institucional”, a la vista de la naturaleza del régimen. Es un gesto técnico que revela, sin estridencias, la voluntad de no homogeneizar situaciones muy distintas bajo una misma etiqueta diplomática.
El resultado es una estrategia de mínimos y de gestión de perfiles: la Zarzuela y Exteriores buscan una cumbre con amplia representación, pero marcan límites claros a la personalización de invitados cuando existen sanciones internacionales, incertidumbres electorales o consideraciones de Derecho internacional. No es capricho, es protocolo con conciencia política.
La pregunta incómoda queda en el aire: ¿la prudencia diplomática servirá para rehabilitar la Cumbre como foro de diálogo iberoamericano o se traducirá en nuevas fricciones entre quienes reclaman gestos simbólicos y quienes apelan a reglas y sanciones? Madrid asume el reto de convocar y la carta de invitación ya no es solo un pliego; es el mapa de las incógnitas políticas que atraviesan la región.
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