El Rey avanza y la pelota salta al tejado de México
Un gesto en Madrid que abre una nueva fase diplomática, pero no cierra el conflicto

Redacción · Más España


La cultura como andamio de la diplomacia. Lo que podría haber sido un asunto bilateral de Estado se ha convertido en un desfile de gestos culturales: ferias del libro, premios, exposiciones y citas turísticas que intentan sostener lo que en 2019 se resquebrajó cuando el entonces presidente López Obrador reclamó a la Corona española un gesto de reparación por los desmanes de la Conquista.
Que el Rey haga público un reconocimiento a los “abusos” de la conquista en el marco de una exposición de arte no es una anécdota simbólica: es un movimiento calculado dentro de una batería de guiños que Madrid ha desplegado en los últimos meses —desde Fitur con México invitado hasta la presencia española en Guadalajara— para rebajar la tensión diplomática.
Pero no confundamos gesto con cumplimiento. El propio dato del intercambio —la exigencia de una disculpa en 2019, la respuesta tajante del Ejecutivo español entonces y la persistente rotura de relaciones— explica por qué los pasos culturales se interpretan en Ciudad de México como “pasos” o “pasitos”, y también por qué son recibidos con escepticismo por analistas y actores mexicanos.
No existe en la secuencia ningún acto ceremonial de desagravio por parte de la Monarquía: la ausencia de la investidura de Claudia Sheinbaum, la polarización política mexicana sobre la demanda de disculpas y la visión crítica de sectores del exilio republicano muestran que la reclamación no es unívoca ni cómoda de resolver. Al mismo tiempo, en España han proliferado declaraciones de condena a los desmanes de la Conquista por parte de ministros y del propio Gobierno; son señales, sí, pero no sustitutos de la ceremonia que algunos en México parecían esperar.
El problema central, según aparece con claridad en la historia reciente, no es solo diplomático sino simbólico: México colocó en el centro de la relación la petición de una disculpa pública, y España ha respondido con gestos y palabras que, desde Madrid, buscan sanar lazos sin asumir una responsabilidad institucional que la Corona no reconoce como propia. Esa tensión entre expectativa mexicana y límites constitucionales y políticos españoles explica por qué la “pelota” está ahora en el tejado de México.
La próxima respuesta de la presidenta Sheinbaum determinará si la reciente declaración del Rey se interpreta como un avance suficiente o como un sucedáneo. Lo cierto es que las embajadas siguen ocupadas y la reparación que solicita México —si se entiende por una ceremonia de desagravio— choca con la realidad política española. Y en esa fricción, la cultura seguirá siendo hasta nuevo aviso la muleta diplomática que une y, al mismo tiempo, delata la distancia entre lo simbólico y lo institucional.
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