El rescate que huele a marketing
El MV Hondius, la imagen y las dudas: España ejecuta espectáculo más que coordinación

Redacción · Más España


Ha atracado el MV Hondius y la escena ya está montada: trajeado acto de solidaridad, fotografía con Tedros, titular televisado. España exhibe capacidad y disposición. Pero entre el buen encuadre y la verdad median preguntas que nadie ha silenciado.
La crónica conocida nos dice cosas concretas: el Gobierno aceptó encargarse de la evacuación; el presidente Pedro Sánchez posa con el director general de la OMS; Clavijo fue, según la información, el último en enterarse. También consta que varios pasajeros se han contagiado y que aparecen casos sospechosos entre contactos eventuales. Esos hechos no admiten maquillaje.
No es neutro el adjetivo que desliza la noticia: no se ofreció a coordinar una operación internacional sino a ejecutar una acción de marketing. No es una metáfora menor: cuando lo urgente se convierte en ocasión para la escenografía, la política corre el riesgo de priorizar la foto sobre la eficacia. La televisión se relame; el Gobierno consigue la imagen del rescate que ya protagonizó con el Aquarius. Pero la eficacia no se mide en encuadres, sino en resultados y garantías sanitarias.
Hay precedentes que pesan. La pieza recuerda la gestión del coronavirus y el saldo de desconfianza que dejó: el mismo Simón al que ahora se recurre no inspiró fiabilidad amplia y la rendija de responsabilidades quedó sin ventilar. No era una acusación sin peso; la evaluación pública sobre la gestión pasada aparece en el texto como una razón para la prudencia.
Además, la propia noticia apunta a riesgos concretos: contagios sin contacto íntimo conocido y aparición de casos entre contactos eventuales. Si eso es lo que sabemos, no procede forzar explicaciones triunfalistas sobre la improbabilidad del contagio ni erigir la mutación como coartada preventiva. La cautela exigible no es discurso, es técnica: diseñar la evacuación con los mejores especialistas y protocolos. Y la información pública no oculta que no tenemos certeza de que así se haya hecho.
Finalmente, la excusa repetida —“no nos podíamos negar”, “estábamos obligados legalmente”— aparece en el reportaje como síntoma inquietante: disculpa anticipada, parche político. Cuando la improvisación se viste de legalidad o de solidaridad televisada, la ciudadanía merece que se expliquen con claridad las responsabilidades y que se muestren los criterios técnicos que avalan cada paso.
España puede y debe ayudar. Pero ayudar no es posar. Es organizar con transparencia, rodearse de especialistas y asumir, antes que la instantánea, la responsabilidad de prevenir más contagios y de rendir cuentas sobre decisiones que afectan la seguridad colectiva. Eso es lo que pide la evidencia que tenemos delante: imágenes impecables no bastan cuando las dudas permanecen y los hechos señalan grietas.
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