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El poder y la prudencia: Gates ante la comisión por su vínculo con Epstein

Bill Gates niega conductas ilícitas y asegura que Epstein intentó presionarlo con relatos de sus infidelidades

Redacción Más España

Redacción · Más España

11 de junio de 2026 2 min de lectura
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El poder y la prudencia: Gates ante la comisión por su vínculo con Epstein
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La comparecencia voluntaria de Bill Gates ante la Comisión de Supervisión de la Cámara de Representantes no fue un acto de vanidad, sino una necesidad de poner distancia entre su nombre y la sombra de Jeffrey Epstein. Horas de testimonio a puerta cerrada sirvieron para una afirmación central: nunca mantuvo una relación personal con Epstein y rompió todo vínculo cuando aquel no cumplió su ofrecimiento de recaudar fondos para iniciativas filantrópicas.

No es menor el detalle: Gates admitió haber cometido errores de juicio al relacionarse con Epstein, pero negó de forma tajante haber presenciado conductas delictivas o haber tenido conocimiento de las actividades ilícitas que luego salieron a la luz. Frente a la gravedad de las acusaciones que han circulado —y frente a millones de páginas de documentos publicados por el Departamento de Justicia donde su nombre aparece en numerosas menciones y fotos— su defensa se sostiene en la negación rotunda de irregularidades.

Lo más revelador y políticamente explosivo de su declaración fue la narración de técnicas de presión. Gates contó que Epstein intentó utilizar información sobre sus infidelidades —y añadió mentiras propias— para forzar una colaboración continuada. "No tuvo éxito en ese empeño", dijo el multimillonario, pero subrayó que esas maniobras ilustran la manera en que Epstein procuraba sacar partido de sus relaciones con personas influyentes.

Los legisladores han interpretado el testimonio en clave de patrón: Epstein, un "coleccionista de amigos", cultivaba cercanías con figuras poderosas para proyectar poder e influencia. No es extraño que el comité haya llamado a testificar a otras personalidades de alto perfil; la investigación persigue entender no solo delitos individuales, sino la red de conexiones que los posibilitó.

Gates insistió además en que Epstein nunca formaría parte de la labor de su fundación ni recibiría remuneración por ello, y expresó su esperanza de que las víctimas obtengan la justicia que merecen. En medio de correos atribuidos a Epstein que contienen acusaciones no verificadas —entre ellas polémicas referencias a "chicas rusas" y a supuestos intentos de facilitar citas ilícitas— el cofundador de Microsoft negó las imputaciones y admitió únicamente haber tenido aventuras con dos mujeres rusas, lo que según él Epstein trató de convertir en herramienta de chantaje.

La declaración de Gates añade una pieza más al rompecabezas de Epstein: no sólo los hechos delictivos deben ser esclarecidos, sino también la manera en que el influyente sujeto instrumentó relaciones para obtener beneficios. En democracia, la máxima exigencia no es la elegancia de la filantropía ni el prestigio personal, sino la transparencia y la rendición de cuentas. Que quienes buscan fondos y alianzas rindan cuentas ante el Congreso es, en sí mismo, una garantía para la sociedad.

Queda, en definitiva, un llamado a la prudencia pública: la proximidad al poder exige claridad de propósitos y firmeza ética. Gates lo ha dicho con sus palabras; corresponde a las instituciones y a la opinión pública valorar esas palabras a la luz de los documentos y del testimonio que se sigue acumulando.

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