El parto recostado: una tradición médica que desoye a la naturaleza
Tres siglos de práctica médica han impuesto una postura contradictoria con la fisiología del parto

Redacción · Más España


La evidencia histórica y científica no es amable con la costumbre dominante en los hospitales modernos: colocar a la mujer boca arriba para dar a luz. Durante milenios, en todas las latitudes, la experiencia humana mostró que el parto se beneficia de la verticalidad —rodillas, taburetes, cuclillas—. La gravedad no es una teoría ornamental: es una aliada práctica en el descenso fetal.
Sin embargo, en los últimos 300 o 400 años la norma cambió. La transformación tiene rostro: François Mauriceau, obstetra francés del siglo XVII, defendió el parto en cama como «más cómodo» —para la mujer, según su argumento escrito— y sobre todo más práctico para el médico. Al mismo tiempo, la influencia cultural de la realeza —se ha sugerido la posible preferencia de Luis XIV por ver los partos— pudo contribuir a que la postura reclinada se impusiera socialmente. Son hechos recogidos por la investigación y la crónica histórica: decisiones humanas, no mandatos de la biología.
La institucionalización del parto fue acompañada por una visión médica del embarazo como una condición a gestionar más que como un proceso fisiológico. Janet Balaskas, fundadora del Active Birth Centre, denuncia la ignorancia extendida sobre la fisiología del parto entre profesionales y gestantes, y subraya cómo la práctica hospitalaria convierte a la mujer en un sujeto pasivo. Esa crítica se apoya en evidencia: una revisión de 2013 sobre más de 5.200 mujeres mostró que el parto en posición vertical y con libertad de movimiento reduce el riesgo de cesárea, disminuye el uso de epidural y reduce la probabilidad de ingreso neonatal.
La fisiología explica el porqué: la verticalidad puede ampliar el diámetro pélvico —se cita una ganancia de al menos 2,5 cm al ponerse en cuclillas— y permite aprovechar la gravedad; además, cuando se deja actuar el instinto, las mujeres tienden a inclinarse hacia delante, no hacia atrás. Estudios y observaciones históricas coinciden: las posiciones erguidas predominan en culturas y épocas donde el parto no fue hospitalizado.
No se trata de romanticismo sino de coherencia entre ciencia e historia. La práctica dominante es relativamente moderna y responde a decisiones de comodidad médica y a modificaciones culturales, no necesariamente al interés de optimizar el proceso fisiológico del alumbramiento. Si la medicina moderna se propone mejorar los resultados y respetar la autonomía de la mujer, debe mirar los hechos: permitir movilidad, ofrecer alternativas de posición y reexaminar hábitos impuestos por tradiciones profesionales o cortesanas.
La cuestión, en última instancia, es sencilla y exige coraje institucional: devolver a la madre la centralidad de su proceso, no convertir el parto en una escena diseñada para la comodidad del observador. Así lo sugieren la historia y la evidencia científica; quedarnos anclados en la costumbre sería, sencillamente, ignorarlas.
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