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El 'no a la guerra' que suena a consigna

Entre la retórica de Moncloa y la práctica que no altera nada

Redacción Más España

Redacción · Más España

1 de abril de 2026 2 min de lectura
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El 'no a la guerra' que suena a consigna
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El presidente Pedro Sánchez elevó recientemente a tono solemne su oposición a la guerra: una carta a los militantes que reclamaba coherencia, memoria y dignidad. Pero la distancia entre el mensaje y la realidad importa y no puede ocultarse con palabras grandilocuentes.

El propio diario que recoge estas líneas ha publicado información sobre el uso por Estados Unidos de las bases de Morón y Rota en España y su papel en el despliegue logístico. Frente a ese dato, la crítica de Sánchez a quienes «hablan de paz, pero nunca molestan a quienes hacen la guerra» adquiere otra lectura: ¿molesta de verdad la postura española o no pasa de ser una irritación pasajera y simbólica?

Es legítimo proclamar principios, pero la política se mide por efectos. El artículo subraya que, por el tamaño y el papel de España, ninguna iniciativa del Gobierno iba a alterar el curso de la guerra. Si además la propia Ejecutiva sostiene que su retórica no acarreará perjuicio alguno, la actuación se reduce a testimonio: un gesto de Pepito Grillo que satisface conciencias pero no transforma realidades.

Y hay un contraste que resulta llamativo: el discurso de coherencia que proclama la carta coexiste con un historial de Gobiernos que, según el propio análisis publicado, han subordinado la coherencia al interés político —se mencionan la despolitización del CGPJ y la amnistía como ejemplos citados—. Ese patrimonio de vaivenes convierte la apelación a la coherencia en un pasaje difícil de creer para una parte considerable del electorado.

La estrategia comunicativa tampoco se corresponde con la idea de buscar consenso exterior: en vez de tender la mano a la oposición para presentar una posición nacional unificada, el Ejecutivo opta por reprochar al PP y por comparar episodios —Irak 2003 versus Irán 2026, Aznar en el poder frente a Feijóo fuera de él— en un tono propio de confrontación interna. Buscar la unidad sería señal de quien mira hacia afuera; explotar la discordia delata que se mira hacia adentro.

Por último, los datos de opinión que menciona la pieza, en concreto las encuestas en Andalucía, no muestran un impacto notable de la postura gubernamental entre los votantes. Es decir: ni molesta lo suficiente a quien toma decisiones en el exterior, ni conmueve de forma decisiva al electorado doméstico.

Queda, pues, una trayectoria: palabra solemne, gesto testimonial y práctica que no cambia el tablero. No es un reproche retórico sin más: es una advertencia para quienes confían en que la proclama de hoy sea el diseño de una política con efectos mañana. Cuando la retórica se emancipa de la política útil, corre el riesgo de convertirse en mera liturgia.

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