El Helicoide: el lugar donde se hablan en secreto los que el Estado silencia
Relatos de exdetenidos describen celdas de castigo, aislamiento y mensajes escondidos en envoltorios

Redacción · Más España


El Helicoide, proyecto arquitectónico de los años cincuenta que nunca llegó a ser centro comercial de lujo, se transformó en el símbolo de una maquinaria de represión. Ocupado por servicios de inteligencia, fue señalado por una investigación de Naciones Unidas como lugar al que se llevaban, y en algunos casos torturaban, a personas detenidas arbitrariamente o desaparecidas forzosamente.
Los testimonios que recoge BBC Mundo no son conjeturas: son voces de quienes salieron de allí. Ángel Godoy, detenido y luego liberado, recuerda la soledad del aislamiento y la angustia de la incomunicación: 96 días sin contacto con su familia. Lo pequeño —y lo malévolo— de ese castigo no está sólo en la celda, sino en la imposibilidad de saber de los tuyos. "La tortura psicológica es esa", dijo según la crónica.
Las condiciones de detención no se quedan en la metáfora. Javier Tarazona, activista de derechos humanos detenido en julio de 2021 y retenido durante 1.675 días, relató el inicio de su calvario: esposas, golpes, insultos y la puesta de un pasamontañas para montarlo en una patrulla. Los primeros días los pasó en una celda de castigo infestada de ratas y cucarachas, con olor nauseabundo.
Esas pequeñas celdas de castigo, llamadas "tigritos" por el grupo defensor Foro Penal, son recurrentes en el relato de quienes pasaron por el sistema. Tarazona contó que en una habitación tan diminuta tuvieron que turnarse para acostarse, usando un cartón sobre un desagüe como colchoneta. Allí estuvieron 46 días, y luego fueron trasladados a otros espacios igual de deplorables, sin luz solar reconocible y con horarios de comida irregulares para alterar el sentido del tiempo.
La represión no solo actúa sobre el preso. La familia de Godoy escondió mensajes en el viejo envoltorio de una barra de chocolate: tinta azul con un "te amamos" que cruzó la muralla del encierro. Adriana Briceño, esposa de Godoy, relata además las consecuencias sociales y laborales: tras la detención de su marido fue despedida de la empresa estatal de telecomunicaciones donde llevaba 21 años sin explicación, y se sintió forzada a mudarse por miedo a intrusiones en su hogar.
Foro Penal documenta que cientos de presos políticos siguen tras las rejas, aunque más de 600 personas han sido liberadas desde un operativo militar a principios de enero que, según la pieza, capturó al presidente Nicolás Maduro. Los exreclusos que hablaron con BBC Mundo describen, en conjunto, un patrón: detenciones abruptas, celdas de castigo, aislamiento prolongado, amenazas contra familias y canales de comunicación tan rudimentarios como vitales, desde envoltorios de dulces hasta mensajes escondidos que son el hilo que conecta a los que permanecen encarcelados con el mundo exterior.
No se trata de relatos aislados ni de ruido informativo: son piezas de un mosaico que dibuja el trato al detenido, la presión sobre su entorno y la creatividad forzada que nace de la necesidad por comunicarse. En ese escenario, el mensaje escondido en lo cotidiano —una barra de chocolate, una nota garabateada por un hijo— no es mero detalle: es prueba de vida, resistencia y la última línea que queda entre la persona detenida y su familia.
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