El hantavirus desnuda a un Gobierno sin mando y en guerra interna
Una alerta sanitaria que ha dejado al descubierto ministros enfrentados, descoordinación y un Ejecutivo en clave preelectoral

Redacción · Más España


La alarma por el hantavirus ha hecho más que poner en guardia a la salud pública: ha revelado, con crudeza, la fotografía de un Gobierno fragmentado. Lo que los expertos describen como un riesgo epidemiológico controlable mediante protocolos de aislamiento y seguimiento se ha desplazado al terreno de la pugna institucional: ¿quién decide y cómo se coordinan Estado y comunidades?, en este caso, con las Islas Canarias.
La reacción del presidente canario, Fernando Clavijo, tiene un componente político evidente y preventivo: situarse del lado de una ciudadanía emocionalmente impactada y reacia a que un barco con alerta atraque en su costa. Es una lectura política legible y legítima desde la óptica territorial, pero sobre todo es el espejo donde se reflejan las carencias de un Ejecutivo que no logra dar una respuesta única y clara.
En el interior del gabinete las discrepancias no son abstracciones: son conflictos concretos. El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, mantiene una larga mala relación con la ministra de Defensa, Margarita Robles. La ministra de Sanidad, Mónica García, centra su agenda en blindar su liderazgo en Más Madrid y mantiene relaciones mejorables con la vicepresidenta y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz. Los ministros de la cuota de Sumar, apuntan las fuentes, tampoco facilitan que el resto del Gabinete se cuelgue medallas. Ese caldo de cultivo no es propicio para la coordinación urgente que exige una alerta sanitaria.
Desde Moncloa circulan críticas por wasap: que Robles "no sabe estar callada" o que a la ministra de Sanidad "le falta mano en las negociaciones" por haber amplificado la reacción de Clavijo. Son reproches internos que hablan más de guerras de despacho que de planificación conjunta.
Cada departamento ha tomado prioridades distintas en estos días, según reconocen fuentes gubernamentales. Defensa se ha volcado en la logística y en la capacidad de aislamiento, habilitando recursos como el hospital militar Gómez Ulla y un operativo aéreo. Sanidad ha intentado rebajar la alarma pública insistiendo en que el riesgo está controlado, pero choca con la falta de credibilidad del Gobierno. Interior ha abordado el asunto desde la perspectiva de seguridad y gestión territorial. Tres miradas, una sola emergencia; el resultado ha sido más reacción que planificación.
El problema excede lo técnico: "Nuestro mayor problema no es el virus, es la sensación creciente de que, cuando aparece una emergencia sensible, el Estado sigue teniendo dificultades para decidir quién manda, quién coordina y quién asume el coste político final", reconocen en uno de los ministerios afectados. Esa sensación, más que el propio riesgo epidemiológico, erosiona la confianza ciudadana y encarece políticamente la gestión.
Estamos ante una lección que la política no puede permitirse ignorar: las crisis sanitarias no solo exigen protocolos y camas de aislamiento, sino un mando claro, coordinación interinstitucional y coherencia de mensaje. Que el hantavirus haya mostrado la ausencia de ese mando es un aviso para la gobernabilidad en un momento en que el calendario político y las lógicas preelectorales tensan aún más las costuras del Ejecutivo.
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