El Gobierno Pygmalión: maquillaje o metamorfosis real
Sánchez sustituye gesticulación por tecnocracia en el escaparate; falta lo esencial

Redacción · Más España


El mito de Pigmali�n reaparece hoy en clave política: Pedro S�nchez ha decidido tallar otra imagen de su Ejecutivo. La sustituci�n de Mar�a Jes�s Montero por Carlos Cuerpo, presentada por la prensa af�n como un gesto de sosiego y moderaci�n, no es un detalle inocuo. Es, seg�n la cr�nica, la operaci�n por la que se pretende trocar una gesticulante trinchera pol�tica en un gabinete de tecnócratas pulcros y de sonrisa medida.
El organigrama que ahora exhibe el Gobierno muestra giros significativos: los tres vicepresidentes no aparecen con carné del PSOE, como si el Ejecutivo quisiera dar la apariencia de un colectivo de técnicos dedicados al bien común y no de un Gobierno de partido. Quedan, eso sí, una guardia pretoriana identificada con Bola�os, Puente y �scar L�pez, pero en el escaparate prima la imagen de ministros discretos y sin aspavientos, como Luis Planas, cuyo perfil recuerda más a la continuidad institucional que al combate partidista. Junto a Planas, Marlaska y Margarita Robles son citados también entre los ministros que se mantienen desde los inicios del mandato.
Una consecuencia concreta del movimiento es que el puesto de número dos ha quedado abolido: la figura que representaba la número dos desaparece y, según la pieza, en un Gobierno sin presupuestos la acción ejecutiva empieza y acaba en lo que diga y haga el presidente. Es decir, el monocultivo de la iniciativa presidencial frente a la existencia de un equilibrio colegiado.
La puesta en escena tiene objetivos claros: vender moderaci�n y sentido de Estado. Pero el propio análisis del artículo advierte que si ese propósito es sincero debe apoyarse en hechos: no bastan los posados con la prensa internacional ni los vídeos simpáticos en TikTok. Al colocar la economía en el centro del relato, el Gobierno necesita instrumentos palpables para sostener esa narrativa. El texto menciona expresamente que, para convertir la imagen tecnocrática en realidad, haría falta algo más que una cara amable: medidas como unos presupuestos, iniciativas que abaraten la vivienda, planes de infraestructuras o una financiaci�n autonómica distinta, no simplemente gestos de apariencia.
El autor delinea también el riesgo de la autoenamoración política: como en Pigmali�n, existe la posibilidad de que el creador se rinda ante su propia obra y la convierta en realidad, pero también la otra versión, la de Shaw, donde el profesor se queda solo en su soberbia, convencido de que sin su obra no es nada. La pregunta que deja la crónica es obvia y exigente: ¿será este cambio un ejercicio de maquillaje para la foto o el preludio de medidas concretas que transformen la discusión pública y la vida cotidiana de los ciudadanos?
No se trata de negarle al Ejecutivo el derecho a reinventarse; se trata de exigir coherencia entre la formación del escaparate y la substancia de las políticas. El cambio de nombre en la línea sucesoria y la desaparición del número dos son hechos constatables. Lo que sigue siendo materia de escrutinio público es si esas decisiones van acompañadas de instrumentos que cumplan lo prometido o se quedan en la apariencia pulida de un Gobierno Pigmalión.
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