El fin de un arquitecto del poder: la muerte de Alí Larijani sacude a Irán
Un dirigente pragmático y clave en la estrategia iraní eliminado en plena ofensiva contra la cúpula del régimen

Redacción · Más España


La eliminación de Alí Larijani por un ataque aéreo israelí no es solo la caída de un nombre prominente: es la anulación de una voz que articulaba, desde la techné del poder, la respuesta de Irán ante la guerra, las protestas internas y las tensiones nucleares.
Larijani no fue un comandante de campo; fue el secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, el engranaje donde se calculan guerra, diplomacia y seguridad. Su posición le daba influencia en la toma de decisiones estratégicas y en la gestión del enfrentamiento con Estados Unidos e Israel, y su muerte —confirmada por medios estatales iraníes— deja vacíos en tres crisis simultáneas que él estaba gestionando.
La primera crisis era la guerra: Larijani defendía la preparación para un conflicto prolongado y la extensión del choque regional, incluyendo medidas como el cierre del estrecho de Ormuz. La segunda, la ola de disturbios internos que comenzaron por quejas económicas y derivaron en protestas ampliamente reprimidas con miles de víctimas. La tercera, el programa nuclear y el estancamiento de las negociaciones indirectas con Washington, interrumpidas por la escalada militar.
Su eliminación llega en medio de una campaña —según el relato— en la que Estados Unidos e Israel han abatido a varios altos funcionarios y comandantes iraníes en pocas semanas, un patrón que, de persistir, busca debilitar la estructura de liderazgo de Irán en tiempos de guerra. Las Fuerzas de Defensa de Israel describieron a Larijani como "una de las figuras más veteranas y de mayor rango dentro del liderazgo del régimen iraní"; la oficina del CSSN confirmó también la muerte de su hijo Morteza, del subdirector de seguridad Alireza Bayat y de varios guardaespaldas.
Larijani representaba, además, la continuidad de una dinastía política. Procedente de una familia influyente, con hermanos en puestos clave —entre ellos Sadeq Larijani—, combinó lealtad ideológica con un talante tecnocrático: un pragmático escéptico ante Occidente que, aun así, participó en iniciativas diplomáticas como el acuerdo de cooperación con China.
Su perfil público era el de un estratega paciente, distante del histrionismo revolucionario pero firme en su rechazo a concesiones occidentales. Ese equilibrio calculado, ahora interrumpido por la violencia de los ataques, plantea una pregunta inmediata: quién tomará las riendas del CSSN y con qué capacidad para resolver, simultáneamente, guerra, conflicto social y estancamiento nuclear.
La mortandad del liderazgo iraní en estas semanas traslada responsabilidades no resueltas a un sucesor por definir, en un momento en el que el régimen afronta presiones externas e internas extraordinarias. La muerte de Larijani no es sólo pérdida de experiencia; es una fractura en la arquitectura de decisión de la República Islámica que obliga a Teherán a recomponer su tablero estratégico bajo fuego.
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