El error demográfico: cómo las previsiones fallidas dejaron a China frente al reto del envejecimiento
De la política del hijo único a la caída histórica de nacimientos: lecciones que no se pueden eludir

Redacción · Más España


China jugó a largo plazo durante décadas y perdió el pulso del futuro. Lo que comenzó en 1979 como una política para controlar un crecimiento que asustaba al Partido se transformó, con el paso del tiempo, en un efecto secundario que hoy amenaza la vitalidad demográfica del país.
La narrativa oficial asumió un rebote. Los planificadores dibujaron escenarios optimistas: la población seguiría creciendo hasta 2033 y podría alcanzar 1.500 millones. Esas previsiones se desmoronaron. El pico llegó 12 años antes y con casi 100 millones de personas menos de las previstas. El cálculo no solo fue erróneo: fue ciego ante la velocidad de los cambios sociales y económicos.
La mecánica fue conocida y, en muchas ocasiones, dura. La política del hijo único, instaurada cuando China rozaba los mil millones, combinó incentivos, multas y, en episodios, medidas coercitivas —abortos forzados y esterilizaciones—. El propio balance oficial reconoce que la política evitó decenas de millones de nacimientos, una cifra elevada según el Gobierno y discutida por otros. El resultado: un equilibrio intergeneracional roto y una estructura poblacional cada vez más envejecida.
Cuando las restricciones comenzaron a relajarse —dos hijos en 2016 y tres en 2021— los nacimientos no respondieron como se esperaba. En 2025 la tasa de natalidad cayó a un mínimo histórico: 5,63 nacimientos por cada 1.000 personas, y sólo 7,92 millones de nacimientos en el año. Por cuarto año consecutivo hubo más muertes que nacimientos y la población total se redujo en casi 3,4 millones. Esos no son pronósticos: son la cruda cifra de una tendencia ya consolidada.
Expertos señalan que la baja fertilidad venía gestándose desde mucho antes de 1979. A partir de la década de 1980, familias que optaron por uno o dos hijos lo hicieron por razones económicas y por prioridades distintas a las que esperaba el Estado. El profesor Kerry Brown subraya que el descenso sostenido tiene raíces sociales profundas y que el Partido se vio sorprendido por la velocidad del cambio: una economía puede transformarse en meses, mientras que las políticas demográficas requieren décadas para rendir fruto.
Las consecuencias son claras y pronunciadas: una menor proporción de población en edad de trabajar frente a jubilados, un reto para las pensiones y el crecimiento económico, y predicciones de organismos internacionales que advierten sobre una disminución drástica de la población hacia finales de siglo. Todo ello ocurre mientras las medidas de estímulo demográfico —desde incentivos hasta modificaciones de la política familiar— no logran revertir la tendencia.
No es ya un debate de teoría demográfica: son cifras que exigen respuestas serias y realistas. China fue capaz de transformar la sociedad con decisiones de Estado; pero ahora se enfrenta a la reacción diferida de aquellas decisiones. Levantar las restricciones no fue suficiente. Hay que entender por qué las parejas no quieren o no pueden tener más hijos y diseñar políticas que respondan a esos condicionantes sin recurrir a atajos de cálculo político.
La lección es universal y vale para cualquier nación que aspire a un proyecto de futuro sólido: la demografía no admite atajos ni deseos retrospectivos. Se construye —o se destruye— con políticas coherentes, comprensión de la sociedad y, sobre todo, con previsiones honestas. China, con sus cifras de 2025, demuestra que subestimar ese principio sale caro.
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