El desliz que desnuda la política: Azcón, la comparación y la trivialización del debate
Un comentario sobre apariencia abre la grieta entre estrategia electoral y dignidad pública

Redacción · Más España


Cuando la temperatura de la campaña sube, no siempre lo hacen las ideas; a veces suben los insultos disfrazados de chascarrillo. Jorge Azcón, presidente en funciones de Aragón, pronunció en un acto una comparación sobre el aspecto físico de Pilar Alegría y María Jesús Montero, y lo hizo en voz alta: «Pilar Alegría físicamente es más atractiva» que Montero. No es una anécdota insignificante. Es un gesto que revela, en plena contienda electoral, la facilidad con que algunos dirigentes sustituyen la competencia política por la trivialidad del comentario personal.
Es cierto que las declaraciones se produjeron apenas horas después del anuncio de Juanma Moreno de fijar las elecciones para el 17 de mayo y de la decisión pública de la ministra Montero de dimitir en los próximos días para centrarse en la campaña. Ese contexto electoral no mitiga la gravedad de reducir a dos políticas —ambas con responsabilidades públicas— a un juicio estético que nada aporta al debate programático.
Las reacciones no se hicieron esperar y, ante el revuelo, Azcón pidió disculpas por sus palabras. Un gesto obligado, sí, pero que no borra el problema de fondo: cuando el lenguaje público se entrega a la provocación fácil, acaba por deteriorarse la propia calidad de la política. Y la disculpa llegó acompañada de una réplica que buscó contextualizar el desliz recordando que Montero había cuestionado en otra ocasión la calvicie de Miguel Tellado. No es papel para igualar ofensas ni para medir agravios; es, más bien, la constatación de que se ha instalado un intercambio de pullas que sustituye la propuesta por la réplica y que empobrece la escena pública.
No se pide corrección ornamental; se reclama responsabilidad institucional. Cuando los líderes se permiten comentarios de ese tipo en campaña, están enviando un mensaje: prima la distracción sobre la deliberación, el espectáculo sobre la razón. Los ciudadanos, cuyo derecho a ser informados y representados merece respeto, observan cómo la política —esa actividad que debería elevar el interés general— se arrastra a la superficialidad.
Que Azcón se disculpara es un paso necesario. Que el episodio se convierta en una oportunidad para elevar el tono del debate sería lo deseable. Entre tanto, queda la lección: la dignidad del cargo no admite chistes que reduzcan a las personas a objetos de comentario estético. La política española, en plena campaña, necesita más argumentos y menos sobresaltos que desvíen la atención de lo que verdaderamente está en juego.
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