El deshielo hispano-mexicano: gesto, historia y responsabilidad
Sheinbaum y Sánchez marcan una nueva etapa tras años de tensiones por la Conquista

Redacción · Más España


Cuando la diplomacia rehace puentes, lo hace a base de gestos que pesan tanto como las palabras. La imagen de Claudia Sheinbaum y Pedro Sánchez estrechándose la mano en la IV Reunión en Defensa por la Democracia en Barcelona no es sólo un instante fotográfico: es la constatación pública de que, tras siete años de tensiones y estancamiento, ambos países han decidido dar prioridad al futuro compartido.
No se trata de negar lo sucedido. La propia mandataria mexicana habló sin ambages de la importancia del reconocimiento de lo que fue la Conquista y de avanzar en el entendimiento de la historia común. Y no es un detalle menor: ese reconocimiento ha sido la piedra angular del conflicto que congeló relaciones políticas desde la petición de disculpas enviada por el expresidente López Obrador a Felipe VI en 2019 y la posterior “pausa diplomática”. ¿Se resuelven con sonrisas las heridas históricas? No. Pero se puede acordar el marco para abordarlas con rigor y diálogo.
La senda ha sido lenta y elaborada: actos culturales compartidos —la presencia española como invitado de honor en la Feria del Libro de Guadalajara, el Premio Princesa de Asturias al Museo de Antropología de México, la exposición La mitad del mundo— fueron creando condiciones para volver a hablar. Y ese trabajo cultural ha cristalizado ahora en una voluntad política manifiesta: Sheinbaum propuso que México acoja la próxima cumbre progresista de 2027, y Sánchez la celebró públicamente como “una gran noticia”. Hecho simbólico que, sobre el papel, prueba la intención de mirar hacia adelante.
Es pertinente interrogarse: ¿basta con gestos y exposiciones para cerrar una crisis que tuvo matices diplomáticos y políticos muy profundos? La respuesta honesta es no. El propio texto de las conversaciones reconoce avances, pero no registra disculpas explícitas en el acto que hoy une a las dos capitales. Lo que sí hay es un compromiso de seguir dialogando y de reconocer, como hizo el ministro Albares y como admitió el Rey en conversaciones recientes, que la historia compartida “tiene claroscuros” y que hubo abusos que merecen ser analizados.
La política exterior recauda su eficacia en dos ámbitos: el simbólico y el práctico. El simbólico ha mostrado movimiento; el práctico exigirá ahora pasos concretos y sostenidos, respetando la memoria de los pueblos originarios y la dignidad de las naciones implicadas. La invitación a celebrar la cumbre progresista en México en 2027 es un buen símbolo de normalización. Pero el símbolo debe converger con políticas y procesos que permitan transformar el entendimiento histórico en entendimiento político y cooperación real.
En definitiva: el apretón de manos en Barcelona pone fin a la parálisis pública y abre una nueva etapa. No es el cierre definitivo del pasado, ni pretende serlo. Es, más bien, el inicio de una negociación madura entre estados que comparten lazos culturales, económicos y sociales profundos. Que esa etapa se concrete en diálogo continuado, reconocimiento riguroso de la historia y proyectos conjuntos será la verdadera prueba del deshielo.
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