El bloqueo de Trump y el parto a oscuras: la Cuba que nació sin luz
Apagones y falta de combustible golpean a mujeres embarazadas y a la atención sanitaria en la isla

Redacción · Más España


Cuando una nación se queda sin luz, no sólo se apagan las bombillas: se apagan las esperanzas de quienes más dependen del cuidado colectivo. La BBC cuenta, con testimonios que no admiten adorno, cómo las medidas aplicadas por el gobierno estadounidense de Donald Trump —un bloqueo casi total impuesto hace tres meses— han roto los hilos que sostienen la salud materna en Cuba.
No son metáforas: son camas de maternidad, insulina y medicinas que llegan con cuentagotas; son generadores que existen en los hospitales pero que sucumben por falta de combustible. Mauren Echevarría, embarazada de 26 años con diabetes gestacional e hipertensión crónica, vive bajo vigilancia constante en el Ramón González Coro, agradecida por la entrega del personal sanitario, consciente de que su parto puede coincidir con un apagón nacional. Ese agradecimiento no oculta la dureza del hecho: el sistema sanitario muestra su resiliencia, pero la crisis revela sus límites.
Y fuera del hospital, la penuria es más cruda todavía. Indira Martínez, con siete meses de embarazo, no puede cocinar ni conservar alimentos por cortes de electricidad que se prolongan días. Su nevera vacía y un horno improvisado de leña hablan de una vida en precipicio. Contrajo chikungunya en el primer trimestre y, aunque los médicos dicen que su hija está bien, la angustia de pensar en dar a luz en una sala a oscuras, alumbrada por la linterna de un teléfono, es real y legítima.
Las cifras oficiales, que estiman cerca de 32.800 mujeres embarazadas en la isla en este momento, impresionan porque humanizan la magnitud del problema. No es un caso aislado, es un colectivo numeroso enfrentado a una doble urgencia: la atención sanitaria en condiciones extremas y el futuro que les espera a esas criaturas que nacerán en medio de la escasez. Y todo ello en el contexto de una decisión geopolítica: según la crónica, el pasado 3 de enero tropas estadounidenses removieron del poder al expresidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y desde entonces Washington detuvo prácticamente todos los envíos de petróleo a Cuba, advirtiendo a terceros países sobre sanciones. El resultado tangible: escasez de combustible que impide que hospitales mantengan sus generadores funcionando de forma sostenida.
No han faltado gestos internacionales de ayuda: México despachó cientos de toneladas de asistencia humanitaria, incluida leche en polvo destinada a gestantes. Sin embargo, hay testimonios directos que sostienen no haber visto esa ayuda y, por tanto, una sensación extendida de abandono. «Somos nosotros contra el mundo», dice Indira con la frialdad de quien ha tomado nota de la realidad y no confía en promesas lejanas.
Este es el primer deber de la política: proteger la vida en lo inmediato. Los relatos de mujeres que temen por el parto —y por la vida futura de sus hijos— obligan a mirar con rigor las consecuencias humanas de las sanciones y las medidas coercitivas. Hablar de estrategia internacional no puede divorciarse de las cunas, las incubadoras y las botellas de insulina. Cuando la política se vuelve decisiva, la factura la pagan quienes menos pueden defenderse.
No se trata de banderías retóricas, sino de hechos narrados por mujeres que atienden sus embarazos con miedo y valentía. El compás de la historia, a veces, mida en horas de electricidad. Y en esas horas, se juega el derecho elemental a nacer con dignidad.
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