El aliado señalado que aprovecha la tormenta
Sánchez marca distancias y capitaliza la crisis internacional

Redacción · Más España


La política exterior no es un vestuario donde uno se cambia de opinión según sopla el viento. Pedro Sánchez lo sabe y lo demuestra: apelación a la legalidad internacional –ONU, OTAN, Unión Europea–, llamamiento a la desescalada y defensa de vías pacíficas y diplomáticas. Esa es la cartografía que España interpone frente a la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán.
No es un gesto superficial. José Manuel Albares lo ha dicho con claridad: "Cada país toma sus decisiones en política exterior. España tiene una posición muy clara: la voz de España tiene que ser en estos momentos una voz de equilibrio y moderación, de trabajar por la desescalada y para que se regrese a la mesa de negociación". Y, hecho que conviene subrayar, Estados Unidos no ha utilizado las bases en territorio español.
En el otro extremo del tablero, Donald Trump ha tratado a España como un dardo: “España es un aliado terrible”. Palabras que, lejos de arrinconar al presidente, le otorgan visibilidad como blanco del ruido trumpista. La experiencia demuestra la volatilidad de esas amenazas; la realidad política española, sin embargo, puede beneficiarse de ellas.
Porque esta distancia tomada por el Gobierno español no es sólo una maniobra europea: es también un cálculo doméstico. En Europa la política se desplaza hacia la derecha; la extrema derecha marca el paso en Francia, Italia y, en buena medida, en España. Frente a esa marea, Sánchez reivindica un espacio de futuro. La socialdemocracia europea se ha ido desdibujando, y él pretende situarse como referente resistente, listo para recoger el testigo si el ciclo político cambia.
En el tablero interno las piezas no están ordenadas: Vox crece mientras el PP, bajo el liderazgo de Alberto Núñez Feijóo, parece incapaz de construir un perfil nítido y queda a remolque de la extrema derecha. A la vez, la izquierda a la izquierda del PSOE aparece fragmentada por rivalidades internas. En ese hueco, Sánchez percibe una oportunidad: atraer a electores que se le escapaban y consolidarse como alternativa frente a unas derechas radicalizadas y a una izquierda desmovilizada.
No es fanfarronería: es estrategia. La voz española en Europa, coherente con la legalidad internacional y la moderación, expone la sumisión de quienes prefieren trampear con la insolencia de Trump en vez de marcar un perfil propio. Esa exposición sitúa a Sánchez en una posición de ventaja: señalando la resignación ajena, él aspira a capitalizar el desconcierto contrario.
Que Trump lo designe públicamente como "aliado traidor" no es un desprestigio automático; es, en manos del dirigente español, un activo político que desnuda a los rivales y realza su figura como posible ancla del progresismo. En la política, como en la historia, los escándalos ajenos y las furias extranjeras pueden convertirse en oportunidades nacionales. España, por ahora, ha optado por la prudencia y la ley. El resto está por ver, pero la iniciativa la tiene quien no teme marcar el paso cuando los demás titubean.
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