El 'Aleluya' de Handel: himno que cruzó los siglos y se hizo Semana Santa
De 24 días de furia creadora a banda sonora religiosa: la historia tangible de una obra inmortal

Redacción · Más España


Hay hechos que se yerguen con la misma contundencia de una fanfarria: George Frideric Handel compuso El Mesías en apenas 24 días, entre el 22 de agosto y el 12 de septiembre de 1741. Ese dato, medido y tasado, no admite adorno. Son más de 250 páginas que un hombre nacido en Halle en febrero de 1685, y que dedicaría 49 años de su vida musical a servir a cortes y mecenazgos, dejó como testimonio de una producción que algunos llamaron casi sobrenatural.
Que Handel dijera —según los relatos— “creí ver todo el Cielo ante mí” tras terminar el Aleluya forma parte del halo que envuelve la obra; pero junto al mito caminan explicaciones terrenales: un libreto que había reposado 18 meses, la habitual práctica del compositor de entregar borradores a copistas y la urgencia creativa de un autor que, años antes, sufrió una apoplejía y que afrontaba tiempos personales y profesionales complejos.
No son solo anécdotas: expertos como Ruth Smith y David Hunter trazan con calma las circunstancias. Smith recuerda la productividad excepcional de Handel durante esas semanas —más de 12 páginas al día—; Hunter puntualiza que el proceso editorial posterior a su borrador permitió la rapidez exhibida. Datos que desmitifican sin empequeñecer la hazaña.
El Mesías no nació en un vacío: su libreto, obra de Charles Jennens, integra textos del Antiguo y Nuevo Testamento y plantea la narrativa del advenimiento, la pasión y la resurrección. Esa estructura lo acercó de forma natural a las celebraciones de Pascua y —con el tiempo— también a la Navidad. Que instituciones corales y orquestales internacionales lo citen como referente confirma que su fusión de coro, orquesta, arias y contrapunto ha sido decisiva para su pervivencia.
Tampoco se puede obviar la peripecia pública: la obra se estrenó en Dublín en abril de 1742, un dato que se suma a la leyenda de un autor con apuros económicos, aunque los especialistas consultados matizan: no estaba en bancarrota, recibía un estipendio de la corona y su movimiento a Irlanda respondió a una suma de motivos, no a una sola y dramática urgencia financiera.
Y así ocurre con las grandes creaciones: se tejen mitos, se exageran causales, pero permanecen las piezas fuertes: una partitura de más de 250 páginas, compuesta en 24 días por un músico que volvió de la enfermedad y que supo integrar géneros distintos para lograr un clímax coral que generaciones posteriores, incluidos otros genios, han considerado insuperable. Esos son los hechos. El resto es la prolongada música del asombro colectivo.
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