El académico pendenciero que humilla al Parlamento
José María Sánchez: currículo irrebatible, conducta degradante en el hemiciclo

Redacción · Más España


No es posible dudar de su expediente profesional. Magistrado en excedencia, catedrático de Derecho en la Universidad de Sevilla, doctor por Bolonia, letrado del Tribunal de Justicia de la Unión Europea y socio en despachos prestigiosos: el currículo de José María Sánchez García brilla con luz propia. Nadie —ni siquiera quienes discrepan profundamente de su ideología— pone en cuestión sus conocimientos jurídicos. Pero la grandeza de una biografía no exonera a quien la usa para degradar el foro público.
Porque junto al lustre académico corre una trayectoria pendenciera que ha hecho furor en las páginas más lamentables de nuestro parlamentarismo reciente. Dos expulsiones del pleno, insultos a diputadas de todo el arco político, comparaciones soeces, y un repertorio de provocaciones que han convertido la decencia del hemiciclo en una rara avis.
El episodio del último martes resume la gravedad: subirse al estrado de la Mesa, encararse a centímetros con quien presidía la sesión —el vicepresidente primero, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis— y celebrar la expulsión con la soberbia de quien proclama ser “el perjudicado y el ofendido”. Minutos antes había gritado desde su escaño que “¡Usted no sabe ejercer la presidencia!” y había hostigado a una funcionaria, a la que se refirió con el término “señora letrado”. El resto de la Cámara ovacionó su expulsión salvo Vox y el PP: una fotografía del aislamiento parlamentario que provocan estas actitudes.
No nace hoy su afición a la algarada. En septiembre de 2021 fue expulsado por gritar “bruja” a la diputada socialista Laura Berja, en un incidente que obligó a suspender el pleno y en el que el grupo de Vox llegó a amotinarse para impedir su salida. Su estampa de habano y provocación, que fue habitual desde su llegada en 2019, ya formaba parte del paisaje.
Son hechos los que dejan su huella: murmurar sobre la quema de libros durante la República en un debate sobre la destrucción de libros por los franquistas; enzarzarse con Jordi Salvador de ERC; tachar al presidente del Gobierno de “führer” en otra ocasión; y dirigirse con sorna a diputadas del propio PP —“doña Cuca”, “esa diputada gallega tan chillona”—, cuando no las compara con personajes o consultorios de épocas pasadas. También consta en la narración pública su efímero y nada exitoso paso por el primer Gobierno de Aznar en 1996, como director de gabinete del Ministerio de Medio Ambiente, que duró mes y medio.
Todo ello compone una contradicción inquietante: el saber jurídico más sólido junto a un repertorio de desaires que embrutece la Cámara. No se trata de discutir la valía profesional; se trata de que la conducta de un parlamentario pueda convertir el recinto que simboliza la deliberación democrática en un ring de agravios personales.
La política exige, además del bagaje, el decoro. Cuando quien sabe hace alarde de la insolencia, la institución entera pierde. Y no será la solidez académica la que arregle la degradación del tono público. Hace falta, sin excusas, preservar el Parlamento como foro de debate serio y respetuoso; la historia y la ciudadanía reclaman esa exigencia, por encima de calendarios y siglas.
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