Don Koldo ante el Supremo: epopeya, chistorras y billetes
Un asesor que se presentó como héroe y dejó al ex ministro en estado devastado

Redacción · Más España


Se alzó en la sala como quien reclama el papel protagonista de una vida narrada a viva voz: Koldo García Izaguirre, «don Koldo», el único al que todos llaman por su nombre y el único sin traje en el estrado del Tribunal Supremo. Caminó encorvado, con barba de abuelo, aferrado a una carpeta de folios y a un cuaderno blanco; la escena, por sí sola, ya dibujaba el personaje que quería ser: un gigante humilde y contradictorio.
Su comparecencia fue un acto de autoexaltación y defensa jurídica. Declamó su biografía, desde orígenes modestos hasta noches como portero sustituto y sus «pinitos» en el alquiler vacacional con tres pisos en Benidorm. No rehuyó el boato ni las vueltas: dio rodeos para decir poco, desafió al fiscal Luzón —«usted no busca mi inocencia»— y hasta reprendió la sonrisa del acusador. El tono fue de soberbia controlada; la gestualidad, de quien tiembla y a la vez exige crédito.
Quiso ofrecerse como un héroe nacional: aseguró haber colaborado sin cobrar con «los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado», primero contra ETA y luego contra la yihad islámica; el argumento, repetido, pretendía convertir el servicio público en sacramento. Del Ministerio, dijo, solo podía hacer una cosa: «ayudar a todo el mundo» y traer material sanitario «a todo correr» cuando los españoles morían. De la benevolencia al mérito no hay, sin embargo, un puente automático sin pruebas que lo sostengan.
Cuando la defensa trató de desmontar las imputaciones patrimoniales atribuidas por la UCO, emergieron cifras y detalles que el propio Koldo aportó: más de 325.000 euros cobrados en su paso por el Ministerio (2019-2022), una indemnización de 62.000 euros por un accidente, tres pisos en Benidorm adquiridos con hipotecas y rehipotecas. Admitió, por fin, que las «chistorras» a las que se había referido eran a veces eso y otras, billetes de 500 ingresados legalmente desde el partido que lo expulsó. Lo dijo con la misma rotundidad con que negó, durante años, esa mezcla de costumbre y metáfora.
La sentencia del día no fue técnica sino humana: Koldo, condenado en dos ocasiones por agresión y perfilado en los informes de la UCO, mostró a ratos bonachonería y a ratos tensión. Soltó exclamaciones —«joder», «manda huevos»—, respiró con condescendencia y se mostró incómodo al hablar de su familia y relaciones personales. Su defensa apeló a la fraternidad financiera: Ábalos, dijo, le debe entre 31.000 y 41.000 euros; «lo aclararemos», prometió casi en tono religioso.
Ábalos, por su parte, permaneció cerca del desasosiego: medio dormido, con los ojos cerrados más de una vez y, según el relato, «con semblante devastado». La imagen del ministro que lo acompañó tantos días contrastó con la exhibición verbal del asesor. La abogada De la Hoz, exhausta, tuvo que pedir disculpas por preguntas que calificó de duras pero necesarias; la mañana dejó, pues, una doble impresión: la del acusado que busca la épica y la del ex ministro que sufre el peso del proceso.
El episodio es espejo de contradicciones: un hombre que se presenta como salvador de vidas y, al mismo tiempo, admite pagos, propiedades y deudas que la investigación intenta aclarar; un Ministerio que se transforma en anécdota inmobiliaria; un estrado donde se mezclan la devoción cristiana proclamada y las frases soeces pronunciadas con las manos temblorosas. En el Supremo, la historia de don Koldo continuó siendo, sobre todo, la de un personaje complejo, con méritos y manchas, que se empeña en convertir el juicio en capítulo de su propia leyenda.
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