De fortín a polvorín: la implosión de Vox en Murcia y sus consecuencias
La dimisión en Las Torres de Cotilla expone la crisis estructural del partido y deja a un gobierno local en la cuerda floja

Redacción · Más España


Lo que antes se presentaba como un feudo férreo se ha convertido en un polvorín: la Región de Murcia, antaño fortaleza electoral de Vox, acumula ceses y dimisiones que ya no son episodios aislados sino síntoma de enfermedad orgánica.
Ayer, el concejal de Seguridad de Las Torres de Cotilla, Pablo Alberto Ruiz Sánchez, pegó un portazo. Lo hizo dejando constancia pública de su "firme e inequívoca desvinculación respecto a los hechos que están siendo objeto de investigación judicial" y rompiendo su carné del partido. No abandonará el acta de concejal, pero sí la disciplina orgánica: un gesto que no es menor cuando el Ayuntamiento gobernado en coalición PP-Vox se queda en minoría tras su marcha.
El detonante está en un contrato municipal —relacionado con las fiestas del municipio— por valor de 270.000 euros adjudicado en 2023 y cuyo fraccionamiento habría permitido concesiones a dedo, según la investigación. Dos concejalas del grupo de Vox están siendo investigadas en un proceso penal por prevaricación administrativa por estos contratos. El propio dimitido ha señalado que, de confirmarse los indicios en sede judicial, nos encontraríamos "ante prácticas absolutamente incompatibles con los principios de legalidad, transparencia y buena gestión pública".
La salida del concejal no es un episodio fortuito: se suma a una larga lista de bajas y cambios internos que ya han afectado a figuras como José Ángel Antelo, José Antonio Garre, la diputada regional Virginia Martínez y otros cargos municipales y autonómicos. En 2020 también hubo una importante crisis con la rebelión de tres diputados autonómicos; hoy la sangría es más amplia y alcanza a numerosas administraciones.
La dirección nacional, desde la que se han abierto expedientes de expulsión a críticos, figura en el relato como un actor presente: los críticos afirman que la cúpula conocía el escándalo "y lo tapó", según recoge la información. Esa acusación, combinada con la cascada de dimisiones, dibuja la imagen de un partido cuya cohesión se resquebraja.
Las aritméticas municipales hablan claro: PP (siete concejales) más Vox (ahora tres) empatan con los diez concejales del PSOE. Un cambio de alineación o una nueva baja puede forzar un vuelco en la gobernabilidad local. Lo que era un gobierno en coalición ahora camina sobre una cuerda floja, con la sombra de la judicialización y la pérdida de confianza como viento en contra.
No es tiempo de eufemismos. Cuando la política local se enreda en sospechas de adjudicaciones fragmentadas y cuando sus responsables son objeto de investigación, la confianza pública se erosiona y la estabilidad institucional peligra. Murcia ofrece un espejo: un partido que fue capaz de convertirse en alternativa fuerte ahora enfrenta una crisis que no es solo de nombres, sino de credibilidad.
Los hechos ya están a la vista. Corresponde a las instituciones, a los propios partidos y, sobre todo, a la ciudadanía exigir claridad, investigación rigurosa y responsabilidades si proceden. Porque la política no puede ser refugio para prácticas —si se confirman— que vulneren la legalidad y la transparencia que exigen los cargos públicos.
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