Cuba abrió sus playas a Chernóbil: hospitalidad y medicina frente a la catástrofe
Tarará recibió a miles de niños afectados por el desastre nuclear de 1986 durante más de dos décadas

Redacción · Más España


Hay actos que son respuesta y gesto a la vez: no mera caridad efímera, sino decisión pública sostenida. El 26 de abril de 1986 estalló el desastre de Chernóbil. De aquella tragedia emergieron, años después, hijos e hijas con heridas visibles e invisibles. Cuba, lejos en la geografía pero próxima en la determinación, abrió las puertas de Tarará y puso su sistema de salud al servicio de quienes más lo necesitaban.
El programa conocido como “Niños de Chernóbil” funcionó entre el 29 de marzo de 1990 y el 24 de noviembre de 2011. No hablamos de un paréntesis accidental: fueron más de dos décadas de atención continuada. Según el Ministerio de Salud de Cuba, en total pasaron por la isla 26.114 pacientes, de los cuales el 84% eran niños; antes de esa cifra, la prensa y los testimonios hablaban de más de 23.000 menores atendidos. Ese volumen obliga a reconocer dimensión y ritmo: no fue una campaña puntual, sino una política sostenida en tiempo y recursos.
Tarará, balneario transformado en complejo sanitario, concentró residencias, hospitales, clínica, parque de ambulancias, cocina, teatro, escuelas y espacios recreativos. Y a 15 minutos, la playa: un escenario inesperado para la recuperación, pero parte integral del proyecto. Muchos de los que pasaron por allí —como el ucraniano Roman Gerus, quien viajó en tres ocasiones y hoy recuerda la experiencia con gratitud— insisten en que no parecía un hospital y que la estancia tuvo un fuerte componente humano y psicosocial.
Las patologías atendidas fueron variadas y graves: desde dolencias oncohematológicas hasta parálisis cerebral, problemas dermatológicos, malformaciones, enfermedades digestivas y trastornos psicológicos. Bajo la dirección de los doctores Julio Medina y Omar García, el programa clasificó a los pacientes en cuatro grupos según su gravedad y necesidad de hospitalización, con estancias que iban desde 45 días hasta varios meses en casos de hospitalización prolongada.
No fue un gesto casual ajeno al contexto: el programa se mantuvo activo incluso durante el llamado “período especial” cubano en los años 90, cuando la isla atravesó severas dificultades económicas tras la disolución de la URSS. La continuidad del esfuerzo en esas condiciones da cuenta de una prioridad institucional convertida en praxis: salud pública y cooperación internacional.
Las imágenes de la época refuerzan el testimonio institucional y humano. En marzo de 1990, según archivos gráficos, aparece el expresidente Fidel Castro recibiendo a un grupo procedente de Bielorrusia; otras fotografías recogen a niños en Tarará y equipos médicos en acción. Son registros que no necesitan retórica para demostrar que allí hubo atención masiva y organizada.
No vamos a convertir la noticia en apología automática. Lo que los hechos permiten afirmar, sin rasgos de exageración, es que Cuba creó y sostuvo un programa sanitario de gran alcance que benefició a decenas de miles de personas afectadas por una catástrofe nuclear ocurrida en Europa. Ese dato, probado y documentado, obliga a la reflexión: en un mundo donde las respuestas a tragedias suelen ser fragmentadas, la continuidad y la organización que mantuvo Tarará constituyen una lección de política sanitaria y cooperación.
Que quienes fueron atendidos recuerden con cariño su paso por la isla —como Roman Gerus o la ucraniana Khrystyna Kostenetska— es un complemento humano a las cifras y a las fechas. No añade ni resta veracidad, solo recuerda que detrás de los números hubo rostros, tratamientos y estancias en una playa que se volvió, por un tiempo, frontera de cura y esperanza.
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