Cuando la propaganda cruza fronteras: Iglesias y la caravana habanera
Un ex líder español se convierte en altavoz de la estrategia informativa del régimen cubano

Redacción · Más España


La política no admite escapatorias místicas ni paseos ceremoniales. Pablo Iglesias, ex líder y fundador de Podemos y hoy director de Canal Red, no fue a Cuba como mero observador: fue el invitado de honor en el Palacio de la Revolución, donde Miguel Díaz-Canel le agradeció públicamente la entrevista que Canal Red emitió junto a los canales del régimen.
Ese agradecimiento no es una anécdota inocua. La entrevista supuso el colofón de la llamada Caravana de la Dignidad y del Granma 2.0, la iniciativa propagandística puesta en marcha por el régimen cubano para combatir lo que definieron como “intoxicación mediática” y “calumnia de las mentiras”. Canal Red, apoyada en la inversión realizada en México y con el aval de figuras como Paco Ignacio Taibo II y la presidenta Claudia Sheinbaum, se sitúa así en el epicentro informativo de una ofensiva comunicativa que busca reescribir el relato sobre la isla.
No faltaron las figuras del ritual revolucionario: Díaz-Canel condujo a Iglesias por la entrada del Palacio y evocó la presencia del comandante. Iglesias, que ya conocía aquellos mitos –visitó Cuba en 1994 con 16 años– acompañó con su cabeceo afirmativo la hora de conversación que le concedieron en La Habana. Un gesto periodístico que, en el contexto cubano, tiene un peso político que no admite ingenuidades.
Las críticas no tardaron en llegar. Manuel Cuesta Moría calificó el acto de “circo” y denunció que la caravana actúa en favor del Gobierno cubano; Ariel Maceo recriminó que la comitiva haya disfrutado privilegios turísticos –electricidad y agua 24 horas en hoteles de lujo– ajenos a la realidad que sufren la mayoría de los hogares cubanos; Eliecer Ávila tildó la visita de excusa para gozar de unas vacaciones rodeado del hambre del pueblo. Estas voces subrayan una disonancia que resulta difícil soslayar: medios y políticos acogidos por la cúpula mientras afuera arde la protesta.
Iglesias intentó, según el propio relato del viaje, disculparse por un vídeo controvertido en el que aseguró que “la situación no es tan difícil”, pero ese intento no encontró eco entre quienes observan las contradicciones del viaje. Y no es una cuestión doméstica: la Comisión Interamericana de Derechos Humanos advirtió recientemente que la represión política en Cuba se encuentra en uno de sus momentos más críticos y alarmantes.
Que Ignacio Ramonet tenga un competidor en el género de las “entrevistas masaje” o que el régimen busque legitimación mediática mediante alianzas trasnacionales no son meras anécdotas: son piezas de una operación comunicativa mayor. En ese tablero, poner la voz de un ex líder político español al servicio de la narrativa oficial cubana no es neutro; es sumar altavoces a una estrategia diseñada para disputar la verdad pública.
La política exige claridad: se puede viajar, informar y explicar, pero no se puede simultáneamente objetivar la realidad y actuar como cómplice involuntario de una campaña que transforma la información en instrumento de Estado. Quienes ocupan micrófonos y cámaras deben responder por el uso que hacen de ellos, sobre todo cuando se prestan a ser parte de una iniciativa que el propio Gobierno cubano define como lucha contra la “calumnia”.
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