Cuando la política se hace matonismo: PP y Vox contra los inmigrantes
La frivolidad y la impunidad de los abusones se traducen en trámites, humillación y racismo institucional

Redacción · Más España


Santiago Abascal llamó "Juanma Moruno" al candidato popular a la Junta de Andalucía. No es un dato menor: es el detonante público de una dinámica que ya no cabe calificar de mera bronca verbal.
El Partido Popular, lejos de desmarcarse con la prudencia exigible a un partido de Estado, ha corrido a alinearse con Vox. El gesto político tiene consecuencias concretas: pactos donde se cierra el grifo a Cáritas (aunque luego se medio abra), instrucciones para exigir arraigos imposibles a extranjeros y boicots al proceso de regularización en las administraciones que controlan.
La estrategia no se limita a palabras. En los ayuntamientos gobernados por el PP se pretende convertir cada trámite en un pequeño infierno administrativo: devolver expedientes, obligar a hacer colas de madrugada, remitir a los solicitantes de ventanilla en ventanilla. No se trata ya solo de frenar la regularización —que quizá no puedan impedir por completo— sino de humillar, de recordar en cada paso que "no son nadie". Esa intención, según la crónica, responde a la lógica del matón del patio que acosa al débil porque puede.
Ante la paciencia y la dignidad silenciosa de quienes esperan en los pasillos municipales —ropa de segunda mano, carpetas ordenadas, ojos cansados— se despliega una actitud política que busca imponer desorientación administrativa como castigo. Es una ordalía burocrática diseñada para hacer sufrir a los más frágiles.
Indigna la frivolidad con la que se practica el matonismo político. Asusta la impunidad con la que se asienta sobre una sociedad que ya no sanciona el racismo: que "moruno" sea arma arrojadiza en el país del mudéjar y de Averroes, donde la propia toponimia y tradiciones reflejan raíces árabes, es síntoma de una ignorancia embrutecida que no solo insulta sino que legitima el maltrato.
No es solo una pelea de nombres. Es una elección deliberada de humillar a los inmigrantes mediante políticas y gestos administrativos. Y esa elección revela la deroga moral de quienes, teniendo capacidad de gobernar con responsabilidad, optan en cambio por la brutalidad cotidiana. Al menos quede constancia del asco que provoca ver a un partido de Estado prestarse a ese papel: el de los abusones que, con la ley en la mano, practican la venganza y el desprecio.
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