Cuando la palabra se convierte en amenaza: la línea cruzada por Vox en Murcia
Un diputado de Vox declara el 'deber de combatir, incluso con violencia' el aborto y la eutanasia en el Parlamento regional

Redacción · Más España


La tribuna parlamentaria no es un escenario para proclamas que suenan a juramento de guerra. El miércoles, en la Asamblea Regional de Murcia, Antonio Martínez Nieto, diputado de Vox, lanzó una frase que no admite atenuantes: "Tenemos el deber de combatir, incluso con violencia, la aberración moral del aborto y la eutanasia". Palabras pronunciadas en el marco del debate sobre una moción del Partido Popular destinada a impulsar la elaboración de una ley estatal de cuidados paliativos.
El propio contexto del discurso importa. La moción del PP, defendida por María del Carmen Ruiz Jódar, se presentó como una invitación a garantizar que quienes lo necesiten tengan acceso a cuidados desde el diagnóstico hasta el final de la vida, sin confrontación partidista ni ideológica. Fue esa propuesta, enfocada a crear un marco común y a reconocer un acceso efectivo a cuidados paliativos, la que escuchó la cámara antes de la severa invectiva del diputado de Vox.
Nieto enlazó su ataque con una crítica global: calificó de "cultura de la muerte" el avance de una supuesta "ideología" que convierte el aborto en un método anticonceptivo ordinario y consideró la muerte por eutanasia de Noelia Castillo como un "crimen cometido por el aparato sanitario del Estado". Duras afirmaciones, enardecidas, que no obedecieron a la defensa técnica de una política de cuidados paliativos sino a una condena totalizadora que incluyó la apelación directa a la violencia como instrumento justificable.
La respuesta parlamentaria fue la que marca el temperamento institucional: la moción del PP —aunque con oferta de transacción para elaborar una ley regional una vez exista iniciativa estatal— fue derrotada por 21 votos a favor y 24 en contra. En el salón de plenos se cruzaron, por tanto, no solo posiciones políticas sobre la materia, sino también la constancia de que el debate público puede rozar peligrosamente el abismo cuando la retórica se eleva hasta justificar la coacción.
No es momento de silencios cómplices. Las instituciones deben ser espacios donde las pasiones se encauzan por la ley y la razón, no altavoces de proclamas que, enunciadas por un representante público, desdibujan la frontera entre la palabra y la amenaza. Defender convicciones es legítimo; proclamar la violencia en una cámara es una afrenta a la convivencia democrática que exige respuesta y clarificación por parte de quienes ocupan cargos públicos.
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