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Cuando la gula humana obliga al macaco a comer tierra

La comida de los turistas transforma hábitos: la tierra, remedio y síntoma a la vez

Redacción Más España

Redacción · Más España

23 de abril de 2026 2 min de lectura
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Cuando la gula humana obliga al macaco a comer tierra
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En el Peñón de Gibraltar, un paisaje rocoso que atrae a miles de turistas, la convivencia entre humanos y monos ha cambiado de forma inquietante: los macacos ya no solo roban una galleta o un helado, sino que, tras esa ingesta, buscan tierra para aliviar el malestar que la comida humana les provoca.

Así lo sugiere una investigación de la Universidad de Cambridge citada por BBC Mundo. Los investigadores observaron a algunos de los 230 monos que habitan el enclave, detectando un promedio estimado de 12 episodios de ingesta de tierra por semana y notando que, en al menos tres casos, el animal comió tierra inmediatamente después de consumir alimentos de turistas.

Lo que a simple vista podría parecer un capricho o una extravagancia es, según los científicos, una respuesta funcional: la tierra actúa como barrera en el tracto digestivo y podría limitar la absorción de compuestos nocivos presentes en aperitivos extremadamente ricos en calorías, azúcar, sal y productos lácteos. Es decir, los monos utilizan la tierra como paliativo frente a una dieta ajena a su naturaleza.

El antropólogo biológico Sylvain Lemoine, del Departamento de Arqueología de Cambridge, describe el fenómeno como funcional y cultural, impulsado por la proximidad humana. Los investigadores creen probable el aprendizaje social: distintas tropas muestran preferencias por tipos concretos de suelo y la conducta aumenta en la temporada alta de vacaciones.

Los macacos de Gibraltar, cuya dieta natural incluye hierbas, hojas, semillas y algún insecto, están consumiendo con frecuencia barras de chocolate, papas fritas y helados —alimentos que, además, contienen lactosa y causan intolerancia en algunos primates—. La disponibilidad constante de esos productos ha abierto una vía evolutiva involuntaria: buscar y almacenar calorías es un impulso común, y la oferta humana parece haberlo desencadenado también en estos simios.

La escena es, en suma, un espejo: lo que ofrecemos como ocio y gula a un animal silvestre termina forzando cambios de conducta que son a la vez adaptativos y preocupantes. Comer tierra cura momentáneamente, pero denuncia una relación alterada entre visitantes y fauna que merece ser observada sin drama y corregida con sentido común.

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