Cortés, 500 años de controversia: herencia, mito y política
La figura del conquistador que se autopromocionó, usada hoy en batallas políticas entre México y España

Redacción · Más España


La historia no es inocente. A cinco siglos de la captura de México-Tenochtitlán, el nombre de Hernán Cortés no ha envejecido en paz: persiste como emblema, como traje cómodo para quienes quieren proyectar identidad o rebatirla.
Cortés, nacido en Medellín en 1485 y formado apenas unos años en Salamanca, optó por la ruta de la aventura y la espada. Zarpó a La Española en 1504, pasó por Cuba en 1511 y partió desde allí a principios de 1519 hacia lo que suponía una isla. Lo que encontró, y supo aprovechar, fue otra cosa: un entramado político-militar en el altiplano central, no una simple playa por explorar.
No fue un héroe solitario. La historiografía reciente subraya que la fuerza que permitió la caída de Tenochtitlán fue en un 99% indígena y que el éxito obedeció a complejas alianzas, en particular con señoríos que buscaban liberarse del dominio mexica. Tlaxcala emergió como brazo militar decisivo para los extranjeros; la conquista fue, según los expertos, una constelación de actores indígenas e hispanos, no la obra de un único protagonista.
Y, sin embargo, la narrativa ganó rostro: Cortés se encargó de que su nombre brillara por encima de otros capitanes y de las contribuciones indígenas. Esa autopromoción —documentada desde el siglo XVI— moldeó la memoria colectiva y consolidó la idea del “conquistador de México”.
Hoy ese legado es combustible político. Las disputas recientes entre la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum y la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, sobre la figura de Cortés y la herencia de la hispanidad muestran cómo un episodio del siglo XVI se traslada al ring público del siglo XXI. Lo que fue conquista y negociación militar se convierte ahora en argumento y contraargumento de identidad y política.
No se trata solo de datos ni de rencillas históricas: es el choque entre memoria y uso político de la memoria. Reconocer la complejidad del proceso —la pluralidad de actores— no borra los hechos, pero impone honestidad intelectual: ni mitos exaltados ni simplificaciones culpabilizadoras sustituyen el trabajo crítico del historiador.
A 500 años, la contestación sobre quién fue el protagonista real de la conquista persiste. Y mientras siga utilizándose la historia como estandarte en disputas políticas, la figura de Cortés no quedará en los libros olvidada, sino en el debate público, incómoda y útil a la vez.
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