Cogobernanza: ración amarga para Clavijo
El choque entre el Gobierno y Canarias vuelve a poner en evidencia un sistema de poder compartido que desdibuja responsabilidades

Redacción · Más España


La escena fue triste y reveladora: un barco frente a Tenerife y, tras horas de mensajes contradictorios, la decisión del Gobierno de arrebatar en diez minutos las competencias a la comunidad para permitir el fondeo y el desembarco. No es sólo un episodio operativo; es la confirmación de una práctica política que ya tiene nombre y apellido: cogobernanza.
Ese palabro, acuñado en los días duros del Covid por la Moncloa, se presentó entonces como modernidad institucional y cooperación. Pronto quedó patente su verdadero talante: la fórmula para diluir responsabilidades, para repartirse poder cuando interesa y para repartir el marrón cuando las cosas se ponen feas. La memoria de la DANA en Valencia —con 229 muertos— sigue ahí como recordatorio de decisiones que no siempre fueron asumidas cuando tocaba.
Fernando Clavijo no actuó por capricho: quiere que el Hondius esté el menor tiempo posible frente a Tenerife. Es comprensible. No es una cuestión de postureo; es una apuesta por la protección de su tierra y por la imagen de unas islas que no desean verse asociadas a un virus exótico a las puertas del verano en un titular internacional.
Pero la política no perdona oportunidades. En Moncloa vieron la ocasión de montar una operación limpia de ayuda internacional ante las cámaras. Uno de los enviados fue Ángel Víctor Torres, ministro-candidato de Sánchez y, según informa la crónica, un probable rival de Clavijo en las próximas elecciones autonómicas. A la vez, el entorno digital del Gobierno cumplió su papel y caricaturizó al presidente canario con burlas —el famoso “gorrito de papel de aluminio"— que recuerdan otras humillaciones de la pandemia.
No se trata sólo de rencillas personales. Es la herencia más profunda del Covid: la desconfianza masiva hacia las autoridades, también hacia las sanitarias. Miles de ciudadanos dejaron de creer en lo que les dicen quienes gobiernan. Esa erosión de la credibilidad es, sin duda, el mayor drama para cualquier Estado que pretenda ser funcional.
Si la cogobernanza fue diseñada para coordinar y proteger, el episodio del Hondius la muestra convertida en instrumento táctico: herramienta de reparto de responsabilidades y de cálculo político. Y cuando una crisis sanitaria puede tener implicaciones internacionales, la demora en asumir el mando no es una idiosincrasia administrativa; es un riesgo tangible.
La lección es clara y dura: una estructura institucional que alterna comando y desconcierto según intereses partidistas no sólo frustra la acción pública, sino que también siembra desconfianza. El Gobierno tuvo motivos sobrados para intervenir; Clavijo tenía razones igualmente válidas para desconfiar. Entre la emergencia sanitaria y la oportunidad política, los ciudadanos quedan en medio, preguntándose a quién creer y a quién acudir cuando importa de verdad.
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