Chile y la diáspora palestina: una herencia que interpela al país
Una comunidad centenaria, arraigada y en crecimiento que llega desde Gaza hasta los secanos chilenos

Redacción · Más España


Chile alberga, según historiadores, entre 300.000 y 500.000 personas de origen palestino: una comunidad extensa, dispersa y profundamente integrada que se remonta a oleadas migratorias iniciadas hace más de un siglo. Aquellos primeros llegados, principalmente católicos ortodoxos procedentes de Cisjordania que huían del Imperio Otomano, plantaron raíces que han perdurado hasta convertirse en tejido social y presencia reconocible en todo el país.
No se trata solo de cifras imprecisas —porque no existe un censo oficial que lo confirme— sino de testigos vivientes. BBC Mundo recorrió Santiago y mostró rostros y relatos: historias antiguas y recientes que conectan la lejanía del Medio Oriente con la cotidianeidad chilena. Ese proverbial dicho popular —“En cada pueblo de Chile hay un cura, un policía y un paisano”— resume, en tono coloquial, la profundidad del arraigo de los palestinos en la geografía nacional.
Entre esas historias contemporáneas aparece la de Rahaf, una niña que a los 11 años conoció por primera vez el “Cumpleaños Feliz” en español, y la de su madre, Enas Al-Ghoul, ingeniera de Gaza. Ellas representan el capítulo más reciente de una saga migratoria: tras un viaje de más de 13.000 kilómetros llegaron a Chile escapando de la guerra en Gaza. La experiencia de Enas —quien desarrolló un sistema innovador de recolección de agua que ahora está implementando en zonas secas de Chile— pone de manifiesto algo elemental y exigente: la diáspora no solo pide asilo, también aporta soluciones y conocimientos que interpelan al país receptor.
La presencia palestina en Chile es, por tanto, una realidad compleja y fecunda. Es historia de supervivencia, de adaptación y de contribución. Y es, asimismo, una responsabilidad pública. Si una comunidad llega con habilidades, con inventiva y con la necesidad de rehacer vidas tras tragedias, la respuesta de la sociedad y de las instituciones debe ser coherente con la generosidad que espera el migrante y con el interés nacional que se beneficia de esos aportes.
Mirar de frente esta realidad implica reconocer el pasado —las migraciones que comenzaron hace más de un siglo—, valorar el presente —las aportaciones de quienes hoy llaman Chile su hogar— y preguntarse por el futuro: cómo integrar, cómo proteger y cómo aprovechar el talento que viene de lejos sin borrar la historia ni la identidad de nadie. Esa es la encrucijada política y social que plantean, con voz propia, los paisanos que ya forman parte del país.
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